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YUGOESLAVIA. LA EXPERIENCIA DE LA AUTOGESTION. EXPERIENCIAS DE SOCIALISMO

Las experiencias históricas de transición al socialismo
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LA EXPERIENCIA DE LA AUTOGESTIÓN EN
YUGOSLAVIA
En los siguientes tres casos que se van a analizar se pretende prestar mayor
atención a las características particulares que les diferenciaron del modelo soviético,
dando por supuesto que gran parte de los problemas sociales, políticos y económicos del
socialismo eurosoviético anteriormente analizados son extensibles a estos otros casos,
en los que, sin embargo, sus peculiaridades distintivas originaron desarrollos diferentes
con resultados finales en un caso similar a los del modelo eurosoviético (el hundimiento
de la Yugoslavia autogestionaria), y en los otros dos diferentes (China y Cuba).
Aunque el sistema socialista yugoslavo se hundió en la misma etapa histórica
que el resto del socialismo eurosoviético, con unas consecuencias mucho más
dramáticas que las de aquellos dada la desmembración de Yugoslavia como unidad
política unitaria en medio de una serie de guerras civiles, su experiencia fue diferente
de los países que copiaron el modelo soviético más o menos fielmente. Después de su
ruptura con Stalin, en 1948, Yugoslavia inició una práctica diferente de la gestión de su
economía, abandonando el hipercentralismo planificador, que caracterizaba al resto de
los países del socialismo real en aquellos momentos, dando lugar a una nueva práctica
basada en la autogestión. Por estas razones se la puede considerar cronológicamente la
segunda experiencia diferente del intento de construir una sociedad socialista. Como
todas las que estamos analizando, estas experiencias, que tuvieron la posibilidad de
intentar poner en práctica los postulados socialistas durante un tiempo amplio, se
reclaman del tronco común del pensamiento marxista, pero su desarrollo práctico tuvo
características diferentes a pesar de sus elementos comunes (acceso al poder tras una
victoria revolucionaria después de un período de guerra, monopolio político del partido
comunista, etc).
Como es conocido el sistema socialista se implantó en Yugoslavia como
consecuencia de la victoria obtenida sobre los ocupantes nazis en la II Guerra Mundial.
Al contrario del resto de los países del socialismo real en Europa oriental, cuya
liberación de la ocupación nazi y la posterior implantación del socialismo fue
conseguida gracias al avance del ejército soviético, la liberación yugoslava fue una
gesta autónoma que permitió a Tito y los dirigentes comunistas yugoslavos plantear una
política independiente frente a los dictados de Stalin, lo que terminó llevando a la
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ruptura en 1948 y a la excomunión de Yugoslavia dentro del movimiento comunista.
Dando su justa importancia a esta gesta autónoma, la victoria política de los comunistas
yugoslavos al final de la guerra fue conseguida a la vez contra los invasores nazis,
contra los chetniks favorables al Rey, contra los aliados occidentales que sostenían al
gobierno en el exilio y contra los dirigentes de la URSS, cuyo desacuerdo con la línea
seguida por los comunistas yugoslavos era explícito.
La estrategia autónoma seguida por los comunistas yugoslavos frente al invasor
nazi tuvo profundas consecuencias como recuerda Georges Guezennec69, pues esta
diferente estrategia de los comunistas yugoslavos, consistente en liberar por sus propias
fuerzas a su país, con relación al resto de las resistencias de los países europeos
ocupados − basada en debilitar a las fuerzas hitlerianas mediante la guerrilla, esperando
la derrota de los ejércitos alemanes por las fuerzas aliadas − explica el resultado de la
posguerra, los yugoslavos decidieron ellos mismos su destino, el del resto fue decidido
en Yalta.
Más tarde vendría el enfrentamiento chino-soviético que acabaría
definitivamente con la pretensión de Moscú de actuar como el centro definidor de las
políticas de todo el movimiento comunista. También se produciría después de la muerte
de Stalin una reconciliación parcial de los yugoslavos con los soviéticos, pero ahora lo
que interesa destacar es que la ruptura de 1948 es el hecho la que permite un desarrollo
diferente del socialismo yugoslavo.
Como el resto de las democracias populares, Yugoslavia adoptó inicialmente el
modelo soviético basado en el monopolio político del partido comunista, las
colectivizaciones y la economía centralmente planificada. De estas tres características,
la primera se mantendría inamovible, la segunda sería modificada, pero sería la tercera
la que conocería más cambios al implantarse el sistema autogestionario.
Las razones que llevaron a los dirigentes yugoslavos a modificar su modelo de
construcción del socialismo inclinándose por la autogestión son controvertidas. Hay
autores70 que señalan la voluntad de implantar un sistema de democracia directa basado
en los consejos obreros que acabase con el burocratismo. Efectivamente, Tito interpretó
el hegemonismo stalinista como una consecuencia exterior del dominio del
burocratismo con apoyos en la burocracia interior. Estos autores también reconocen que
69 Guezennec, Georges, La Yougoslavie autogestionnaire. Bilan critique de une époque prestigieuse. Editions Créer, Francia, 1991,
pág. 29
70 Droz, Jacques (coord..), Historia general del socialismo. De 1945 a nuestros días, Ediciones Destinolibro, Barcelona, 1986, págs.
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no fue una decisión compartida por todos los dirigentes, pues una parte siguió
apostando por un modelo centralizado y planificador – el ministro de la policía
Rankovich apoyado por los serbios, frente a los partidarios de la autogestión inspirada
por Kardelj -, solo a partir de 1966 se terminó por imponer definitivamente esta última
opción. Para otros autores71, sin embargo, es este conflicto interior entre los dirigentes
yugoslavos, reflejo del enfrentamiento exterior con Stalin, lo que lleva a la dirección
titoísta a implantar el sistema de consejos obreros como manera de obtener el apoyo de
las masas frente a la burocracia interna aliada del stalinismo, por ello mismo, el cambio
no afecta al papel dirigente del partido, ni a su monopolio del poder político.
Catherine Samary72 sitúa las causas de la ruptura de los comunistas yugoslavos
con la URSS en el rechazo de los primeros al intento de los soviéticos de explotar en su
provecho económicamente a Yugoslavia, ruptura que los yugoslavos intentaron evitar
llegando incluso, en 1950, a adoptar la colectivización de la tierra con el objeto de
complacer a Stalin. Esta autora también considera la adopción de la autogestión como
una consecuencia de la ruptura con Stalin en 1948, buscando formas más flexibles de
organización de la sociedad que permitiesen al régimen consolidar sus raíces populares.
En un contexto de aislamiento y de bloqueo económico por parte de los países
hermanos, era decisivo reforzar la base social del poder. Esta será la función de la
adopción de la autogestión, lo mismo que la descolectivización de la tierra a partir de
1953.
La interpretación de Georges Guezennec73 pretende rebajar la importancia de
este enfrentamiento en el cambio de modelo en Yugoslavia. Si este país había adoptado
inicialmente un modelo copiado del soviético no se debía únicamente a la influencia del
dogmatismo stalinista entre los propios comunistas yugoslavos, sino también a la
existencia de factores objetivos, el rol dirigente del Estado en la organización
económica fue una necesidad tanto por la situación de destrucción en que quedó
Yugoslavia al finalizar la II Guerra Mundial, como por la falta de preparación de los
obreros para gestionar las empresas.
El modelo autogestionario implantado en Yugoslavia a partir de 1950 fue
cambiando a lo largo del tiempo. Podemos distinguir tres periodizaciones para seguir su
71 Ivo, La autogestión en Yugoslavia, , http://www.cellfrancescsabat.org/…/07. Art. Ivo. La autogestion en yugoslavia.pdf. págs. 2-3
72 Samary, Catherine, Le marché contre l’autogestion. La experience yougoslave, Publisud / La Brêche, París, 1988, págs. 69-72
73 Guezennec, Georges, op. cit., págs. 50-51
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evolución, la primera es la que utiliza Claudio Nascimento74 y que describe en cinco
etapas: En la primera, entre 1949-53 se producen los primeros cambios en el sistema
económico de administración centralizada, formándose los consejos obreros en las
empresas, los comités populares para el autogobierno local y una segunda cámara
representativa a nivel de distrito y comuna elegida por los trabajadores autogestionados.
En la segunda etapa, entre 1953-63, se asiste a una extensión de la autogestión a nuevos
sectores, incluidas las actividades extraeconómicas como la educación, la sanidad o los
servicios sociales; se produce una profundización de las relaciones autogestionarias y de
la democratización, se refuerza la autonomía de las empresas en su gestión, y se amplia
el autogobierno local, pasando a ser competencia de las comunas la mayor parte de las
competencias que permanecían en manos del Estado. El sistema socioeconómico
yugoslavo adquiere un carácter dual, de un lado aparece la autogestión en las empresas
y servicios sociales, pero de otra, los medios para la reproducción ampliada de la
sociedad permanecían en manos del Estado. Cuando en 1961 aparecen tendencias
negativas económicas, se acusa de esta situación al control de esas competencias por el
Estado. Por ello, en la tercera etapa que discurre entre 1963-74 los fondos de inversión
que gestionaba el Estado pasaron a manos de los bancos autogestionados; sin embargo,
este poder de los bancos se volvió contra los trabajadores pues en la práctica estaban
sometidos a los funcionarios estatales y a los directores de las grandes empresas,
formándose así un tipo de capital financiero sin control social, “Así, el poder arbitrario
de los grandes bancos, junto con otros factores, minaban las relaciones de autogestión.”
En esta etapa aumentaron las diferencias de desarrollo entre las regiones a la vez que
creció el peso de la tecnoestructura, que usurpaba los derechos autogestionarios. En la
cuarta etapa entre 1974-8 se realizan esfuerzos por viabilizar estratégicamente el
sistema de autogestión, esfuerzos que habían sido contrarrestados por el poder reforzado
de la tecnocracia. Consecuencia de esta lucha es el nacimiento del concepto de
Organización de Base del Trabajo Asociado cuyos organismos dirigentes se constituyen
en base al principio de delegación. El nuevo sistema político-social se basa no en el
ciudadano que como elector transfiere su derecho de decisión a los representantes, sino
sobre el trabajador-autogestor que elige delegados en diversos niveles y organizaciones.
Ahora bien, continua este autor, en un país como Yugoslavia con altas cotas de
descentralización administrativa, política y económica, la Liga de los Comunistas y
74 Nascimento, Claudio, Do “BECO dos SAPOS” aos CANAVIAIS de CATENDE,
http://www.mte.gov.br/ecosolidaria/prog_becosapos.pdf. págs. 73-79.
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otras instituciones socio-políticas como los sindicatos o la Alianza Socialista estaban
fuertemente centralizadas. En el caso concreto de la LCY estaba presente a través de sus
miembros en todas partes y aseguraba la cohesión; por esta razón, a la vez que el
desenvolvimiento de la autogestión fue impulsado el papel dirigente de la LCY. Partido
próximo al modelo leninista clásico, su situación de partido centralizado y único, en una
sociedad descentralizada, reforzaba su papel de centralizador político.
Georges Geuzennec que, como veremos, atribuye un papel esencial a la crisis
económica mundial desatada en los años 70 en el fracaso del experimento yugoslavo,
considera que el proceso autogestionario debe relacionarse con los tres grandes períodos
económicos conocidos por Yugoslavia entre el final de la II Guerra Mundial y el inicio
de su desintegración: En el primero, que se extiende hasta 1970, Yugoslavia realiza un
importante crecimiento sin endeudamiento exterior. A partir de 1970 aparece la crisis
mundial que lleva al endeudamiento del país balcánico. En el tercer período, a partir de
1980, la crisis y el endeudamiento se agravan, con un hundimiento del crecimiento
económico y del nivel de vida.
Las etapas del desarrollo de la autogestión fueron jalonadas por un cierto
número de medidas legislativas. La primera ley sobre consejos obreros data de junio de
1950, se trata de una autogestión incompleta donde la mayor parte de las prerrogativas
económicas (salarios, precios, nombramientos, inversiones) siguen manteniéndose en
manos del Estado. Entre 1957 y 1960 se produce una ampliación de la autogestión. Pero
es en 1963 cuando la nueva Constitución viene a reconocer la autogestión como un
derecho, y un poco más adelante, con la reforma de 1965 los fondos de inversión dejan
de estar en manos del Estado. La Constitución de 1963 sería posteriormente mejorada
en el sentido de un reforzamiento de la autogestión en 1968, 1969 y 1971. Como muy
bien reconoce este autor, con la reforma de 1965 lo que se establece en Yugoslavia es
una economía de mercado socialista alimentada por empresas autogestionarias, que, en
su opinión, es fundamentalmente diferente de la economía de mercado capitalista. Pero,
se puede apostillar a la vista de la evolución del ejemplo yugoslavo a partir de 1965, que
dicha economía actuó como antesala del retorno al capitalismo. Siendo esto último
innegable, la polémica se centra en torno a las causas que empujaron en dicha
evolución.
El texto jurídico más acabado alcanzado por el sistema autogestionario es la ley
de 1976 sobre el trabajo asociado, donde se instituía “la propiedad social que era una
noción jurídica particular a Yugoslavia. Los medios de producción colectivos no
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pertenecían ni a los particulares, ni al Estado, ni a los grupos. Pertenecían a la sociedad
entera.”75
Esta ley sobre el trabajo asociado será abolida en 1989 con una nueva ley –
impuesta por el FMI para permitir las inversiones extranjeras – que pone la propiedad de
las empresas autogestionadas en manos de los trabajadores de la empresa, abriendo, así,
la vía a las relaciones sociales capitalistas.
Los teóricos de la autogestión yugoslava, especialmente Edouard Kardelj, la
concibieron como un sistema que debiera abarcar todas esferas de la vida social y
política y que liberase al hombre de toda alineación, pero, reconoce Geuzennec, desde
su inicio encontró importantes resistencias tanto en la burocracia del Estado, como en
cuadros del propio PCY. Este autor cree que en Yugoslavia se sentaron las bases de una
democracia autogestionaria, pero sus objetivos no fueron más que imperfectamente
alcanzados.
Geuzzenec realiza un interesante balance crítico de esta experiencia, pero
creemos que no acierta en situar las causas últimas de su derrota debido a su intento por
desligar el destino del sistema de socialismo de mercado del desastre final sufrido por la
experiencia concreta yugoslava.
Diferencia tres tipos distintos de dificultades encontradas por la experiencia
Yugoslava: Las de carácter histórico, originadas en la complejidad del Estado yugoslavo
con sus numerosas naciones, lenguas, religiones, culturas y antagonismos, con los
mismos problemas en su interior, dice, que los existentes entre el Norte y el Sur a nivel
mundial. Las que tienen su origen en el entorno internacional desfavorable para los
países en vías de desarrollo que les impiden cerrar la brecha de retraso respecto a los
países desarrollados y soportar su concurrencia. Las debidas a los errores cometidos por
los propios yugoslavos a partir, sobretodo, de la crisis mundial desatada en los años 70.
Yugoslavia tenía una parte más desarrollada, en la que despuntaba Eslovenia, y
otra meridional más retrasada, especialmente Kosovo, Bosnia, Montenegro y
Macedonia. A pesar de la transferencia de ayuda económica entre las repúblicas ricas y
las pobres, las diferencias entre ellas no dejaron de aumentar, y las más desarrolladas
comenzaron a quejarse por la falta de control de los fondos de ayuda que aportaban. La
discusión por el control de estos fondos se convirtió en el factor de exacerbación
nacionalista más importante. Para este autor la diferencia de nivel cultural y económico
entre las repúblicas fue decisiva en el desarrollo económico y de la autogestión. Los
75 Guezennec, Georges, op. cit., págs. 53
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conflictos nacionalistas es un problema que afecta a muchas partes del mundo, en
absoluto exclusivo de la Yugoslavia socialista, pero en ésta fue aprovechado por las
fuerzas antisocialistas para liquidar el socialismo mediante la vía de la ruptura del
Estado yugoslavo. Para Geuzennec uno de los más graves fracasos de los países
socialistas fue el de no haber extirpado las raíces del nacionalismo, por lo que han
pagado una factura muy cara.
Sin embargo, este autor insiste en que la causa principal y última del fracaso de
la autogestión en Yugoslavia debe imputarse a la crisis económica mundial desatada en
los años 70, para lo que emplea un argumento bastante superficial: antes de dicha crisis
Yugoslavia conoció un gran crecimiento económico sin apenas endeudamiento exterior,
situación que se invirtió a partir de la crisis. Es dicha crisis la que deforma los
resultados de la reforma adoptada en 1965, que en otras condiciones mundiales hubiese
permitido el éxito del sistema de mercado socialista. Es cierto, como él dice, que
Yugoslavia no podía vivir en la autarquía, y que según avanzaba en su desarrollo
necesitaba abrirse cada vez más al mundo, pero no profundiza en esta problemática, la
de la coexistencia de países en transición al socialismo con países capitalistas a los que
no se consigue superar en desarrollo económico, con o sin crisis mundial de por medio.
¿Sin teoría del derrumbe del capitalismo no hay posibilidad de socialismo?.
La crisis económica mundial de los años 70 con sus secuelas de endeudamiento,
deterioro de las relaciones de intercambio, caída del nivel de vida, inflación desbocada,
etc., va a coincidir en el tiempo con la puesta en práctica del socialismo de mercado,
implementado con la reforma de 1965, y las resistencias burocráticas a esta reforma. En
medio de la crisis, y con la ampliación de la actuación de las empresas, éstas se
dedicaron a repartir rentas sin acumular fondos propios y acudieron al endeudamiento.
El aumento inicial del nivel de vida no se correspondía al del producto social y se
importaba para consumir en momentos de crisis. Finalmente la crisis se hace sentir con
toda crudeza y entre 1977 y 1986 los yugoslavos sufren un retroceso de 20 años en su
nivel de vida. El efecto es, de un lado, la perdida de confianza de los trabajadores en el
sistema autogestionario, desilusión que aprovechan los sectores burocráticos contrarios
a este sistema para atacarlo en profundidad. Pero, además, las empresas extranjeras van
a utilizar el endeudamiento exterior para acceder a las empresas yugoslavas
(transformando la deuda en acciones) previa imposición por parte del FMI de la
reestructuración del sistema económico yugoslavo para permitir las inversiones
extranjeras.
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Este comportamiento tan irresponsable e irracional de gran parte de los
trabajadores, de los cuadros políticos y económicos y de las élites intelectuales, que
denota el ascenso de los nacionalismos excluyentes o el apego a valores consumistas sin
tener en cuenta las consecuencias, apunta a fracasos más profundos, algunos de los
cuales son evocados por Gauzennec.
La calidad de la autogestión, reconoce el autor, no depende solo de las leyes y de
las estructuras, sino, sobretodo, del valor moral del hombre, de su sentido cívico, de su
cultura. Los principales retos en Yugoslavia fueron el desarrollo de una cultura de
masas, sin la cual no podía esperarse que creciera, y el de acabar con la alineación en el
trabajo. Sin embargo, la Yugoslavia autogestionaria se encontró muy lejos de alcanzar
este último objetivo de la desalienación. El retraso era de siglos y no se llegó a alcanzar
el cambio cualitativo cultural necesario para crear un hombre nuevo. Señala,
acertadamente, que una sociedad que se encuentre escindida entre la clase obrera y una
inteligencia encargada de educar seguirá conduciendo a la alineación. En este sentido
hay claramente dos problemas planteados: el de cómo liberar tiempo social para la
educación y el cultivo cultural de todos los ciudadanos, y el de cómo articular el trabajo
para evitar la insostenible situación de personas cultas con trabajos alienantes. Al
primero de estos problemas si se refiere Gauzennec cuando apunta a una relación
estrecha entre el progreso tecnológico (que permite liberar tiempo para el ocio), el
desarrollo cultural (solo posible si se dispone de tiempo liberado del trabajo necesario) y
la autogestión (el único sistema adaptado a una sociedad de personas cultas, y
necesitadas de ellas para poder funcionar). Justamente por esta razón es por la que este
autor señala que donde mayores progresos realizó el sistema autogestionario (y el
socialismo de mercado) fue en Eslovenia, al ser la república más desarrollada
económicamente y donde se mantuvo, junto a los grandes medios de producción
autogestionados, la pequeña producción individual. Pero también fue la primera
república que, en 1990, expresó su deseo de alejarse del socialismo y conseguir la
independencia.
El segundo de los problemas evocados solo es tocado de pasada por este autor al
hilo del planteamiento de las dificultades de las empresas autogestionadas para competir
con las capitalistas en el mercado mundial, pues señala que si las empresas
autogestionadas respetan los imperativos humanitarios y ecológicos del socialismo no
serán competitivas en el mercado mundial.
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Siguiendo con este serio problema y planteado desde otro ángulo, Gauzennec
alude a la tensión no resuelta en la Yugoslavia autogestionaria entre la responsabilidad y
la solidaridad, pues un trabajador con garantía permanente de trabajo, si su ingreso
procedente de la repartición de la renta común de la empresa era poco importante, su
interés en la marcha de la empresa en la que trabaja era débil. La autogestión, recuerda,
necesita de una actitud responsable, y ésta, a su vez, de la democracia. Y con ello
entramos en otro de los graves problemas de las experiencias del socialismo real,
incluida Yugoslavia.
En los textos de los principales teóricos de la autogestión yugoslava y en la
práctica inicial de ésta parece alcanzarse un alto grado de democracia y participación.
Gauzennec describe el funcionamiento del sistema de delegaciones existente en todos
los niveles de la vida activa en el interior y exterior de la empresa, “concebido para
hacer participar al mayor número de ciudadanos en la vida del país y para evitar en la
máximo posible la formación de políticos profesionales que hagan de pantallas entre el
ciudadano y el Estado”. La propia estructura de la Asamblea Comunal estaba diseñada
para “asegurar la primacía de los trabajadores, la gestión de los asuntos comunales y el
pluralismo”. 76 En teoría, los delegados en todas las asambleas, desde la base a la
cumbre del Estado, estaban obligados a rendir cuentas ante sus electores, quienes podían
revocar su mandato en todo momento, lo que representaba el aspecto más democrático
del sistema político yugoslavo.
Existían cuatro organizaciones sociopolíticas – la LCY, la Unión de Jóvenes
Socialistas, la Federación de Antiguos Partisanos y la Alianza Socialista – que
designaban los delegados que formaban el Consejo socio-político de las asambleas
comunales. La transformación del PCY en LCY debería haber supuesto su cambio de
rol – pasando de ser un órgano de poder a una fuerza subjetiva, ya que “el poder debía
pertenecer al pueblo, bajo la forma de la autogestión” – lo mismo que las otras
organizaciones socio-políticas, que “debían ser las inspiradoras y las guardianas del
socialismo autogestionario sin, por esto, alienar el poder de los ciudadanos de gestionar
el Estado”.77
En el esquema teórico de Kardelj no solo se contemplaba la separación del
partido y el Estado, sino incluso que el partido mismo languideciese, en la medida en
que se afirmase la democracia autogestionaria.
76 Ibídem, pág. 66
77 Ibídem, pág. 73
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Gauzennec se muestra muy crítico con el stalinismo y reconoce las graves
secuelas que persistieron en Yugoslavia aún después de su ruptura con la URSS en
1948, aludiendo claramente a dos de ellas, al burocratismo obstaculizador de la
autogestión, y a la persistencia de la fusión entre la LCY y el Estado que, entre otras
cosas, llevaba a la necesidad de la afiliación para todo aquel que quisiera hacer carrera
profesional. Es, pues, para este autor la persistencia de fuerzas burocráticas heredadas
del stalinismo las responsables de la frustración en la práctica de este esquema teórico
de democracia autogestionaria. Este argumento le evita tener que profundizar en un
problema común a todas las experiencias de partidos comunistas que toman el poder del
Estado, el que se refiere a su persistente fusión con el Estado, a su control de la sociedad
civil, al sofocamiento de toda auténtica democracia.
La tercera periodización, más compleja, es la utilizada por Catherine Samary78.
Para esta autora en 40 años, Yugoslavia conoció cuatro sistemas distintos de producción
y de intercambio – cuatro modalidades diferentes de articulación del plan, del mercado
y, a partir de los años 50, de la autogestión, combinados con relaciones diferentes con el
mercado mundial. Pero, antes de describir estas cuatro fases hace una distinción sobre
las maneras de articulación entre el plan y el mercado distinguiendo tres grandes
sistemas: “Los sistemas en los que la planificación esta esencialmente fundada sobre las
elecciones en naturaleza de índices físicos y donde las categorías monetarias juegan un
rol subordinado, esencialmente contable, no activo (…)las pérdidas y beneficios son
globalmente planificados y los precios no son indicadores de rareza influyendo sobre las
elecciones de las empresas y permitiendo a todos autonomía de compras (…)Tal sería el
caso del primer sistema yugoslavo de posguerra según el modelo soviético.
Los modos de planificación mal denominados descentralizados (en realidad las
palancas de mando de la acumulación quedan centralizadas, sólo la gestión operacional,
cotidiana se descentraliza, ampliando los márgenes de responsabilidad de las empresas):
allí, ciertas funciones del mercado pueden extenderse según los dominios; las categorías
de mercado devienen más activas en su seno y orientan de verdad elecciones
microeconómicas, pero se trata en lo esencial de instrumentos económicos de los
planificadores (reemplazando a las órdenes directas) (…)Pero en sustancia, el plan
continúa orientando las grandes elecciones estratégicas de inversiones, especialmente
por la vía del sistema de crédito que es un instrumento de aplicación de objetivos
78 A este respecto utilizaremos dos trabajos de esta autora, el primero es su obra principal ya mencionada: El mercado contra la
autogestión; el segundo es su artículo titulado: Los fines y los medios: ¿Qué proyecto autogestionario socialista?
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planificados. (…)El mercado, la ley del valor ejercían presiones conflictivas con un tal
sistema, que no dominan hoy. Tal fue el modelo de planificación yugoslavo en el
segundo período estudiado, en el curso de los años cincuenta, hasta 1964. (…)
En fin, un sistema que intenta hacer del mercado socialista el regulador (…)El
plan no tienen más que una función indicativa o secundaria en relación a los
mecanismos mercantiles. Tal era, teóricamente, la orientación de la reforma mercantil
de 1965 en Yugoslavia, implicando un efectivo desmantelamiento de los instrumentos
de planificación (modificación de los precios, del sistema bancario, de los fondos
inversión) y una apertura a la competencia mundial.
Estos tres grandes tipos de sistemas experimentados admiten variantes (bajo el
ángulo de la autogestión, del sistema político y de la más o menos grande apertura al
mercado mundial). Pero la tercera concepción (el socialismo de mercado) no ha sido
verdaderamente experimentado más que en Yugoslavia”79
La primera fase de la experiencia yugoslava es la que se desarrolla entre 1945 y
1953, donde un primer sistema de planificación centralizada se encuadra dentro de las
coordenadas políticas de ruptura primero con el capitalismo, después con Stalin y,
finalmente, en 1953, finalizando la colectivización forzosa.
Antes de pasar a describir las otras tres fases hay que señalar un punto
importante que va a pesar en los subsiguientes desarrollos, es la ruptura de 1948 con
Stalin y el aislamiento y bloqueo económico de Yugoslavia por el conjunto de países
socialistas que la rodean. Fuerzas militares soviéticas se concentran en su frontera con
innumerables incidentes fronterizos, lo que se añade al intento de desestabilización
interior. Esta situación va a imponer a Yugoslavia la necesidad de una apertura mayor
hacia los países capitalistas y el mercado mundial, aunque ello no impedirá que la
economía yugoslava quedase, en lo esencial, orientada por los objetivos del plan hasta
la reforma de 1965.
A la segunda fase, que discurre entre 1953-64, Samary la denomina “la
autogestión sofocada por el plan”, produciéndose la articulación del plan, el mercado y
la autogestión en el seno de un nuevo sistema de planificación, de una variante (con
autogestión) del modo de planificación denominado descentralizado; Hungría al final de
los años sesenta (sin autogestión) y los proyectos de medio término en la Unión
Soviética (1987) reenvían a variantes de este modelo. Con la introducción de la
autogestión, la planificación del periodo anterior va a ser desmantelada. Pero esto no
79 Samary, Catherine, Le marché contre l’autogestion. L’experience yougoslave, op. cit., págs. 36-7
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significa la supresión de toda planificación. Se trata de ampliar los márgenes de
responsabilidad de las empresas en la gestión operacional subordinando sus elecciones a
las grandes opciones estratégicas planificadas. Los instrumentos económicos (precios,
crédito, fiscalidad) de transmisión de las preferencias de los planificadores debían
reemplazar las ordenes administrativas. Este período va a desembocar en una puesta en
causa radical de la planificación, en 1965, con la experiencia del “socialismo de
mercado”. A esta etapa se la reconocen dos importantes características positivas, la
primera es que se ensayan por primera vez una amplia experiencia de mecanismos e
instituciones nuevas; la segunda es la consecución de un rápido y armonioso desarrollo
económico que la hace aparecer como un salto adelante con una duplicación del
producto social. No obstante, Samary apunta a sus debilidades, pues si bien la
modificación institucional se realizó a favor de la ampliación de los derechos de la
autogestión y las repúblicas, el modo de planificación se mantuvo dominado por un
Estado-partido que no cede el poder central ni a la autogestión, ni a las repúblicas, con
oscilaciones y conflictos que reflejan las dificultades del Estado para hacer aplicar las
opciones macroeconómicas determinadas administrativamente por el centro. La autora
interpreta las oscilaciones de este período de manera global, reflejando la tensión entre
el contenido social de la producción planificada (especialmente sus aspectos
redistributivos igualitarios) y la exterioridad de la autogestión y de las repúblicas con
relación al plan. Esta tensión se traduciría por la combinación de aprietes y desaprietes
de los diferentes elementos del proyecto socialista.
La fase que se desarrolla entre 1965-71 la va a denominar como “la autogestión
sofocada por el mercado”. Con la reforma liberal de mercado que caracteriza a este
período, dice la autora, se va a ensayar por primera vez la hipótesis de una apropiación
socialista de las virtudes supuestas del mercado como regulador80. Previamente a la
reforma de 1965 se habían venido enfrentando dos grandes corrientes de pensamiento.
Los partidarios de un dominio del plan sobre el mercado estimaban que la distribución
de rentas y las inversiones no podían ser dejadas al mercado. Una tal concepción no
implicaba un centralismo político de tipo estalinista. Los defensores de la planificación
eran generalmente también liberales en el plano político − como será el caso,
especialmente, de los filósofos marxistas colaboradores de la revista Praxis. Pero,
continúa diciendo Samary, un nuevo lenguaje se desarrollaba, el del liberalismo
80 Samary aclara que utiliza el término regulador en el sentido amplio (sin ligarlo a ninguna escuela) de mecanismos (conscientes o
no) que aseguran la reproducción del sistema; distinguiendo el mercado concebido como regulador del conjunto, y la utilización
parcial de mecanismos de mercado subordinados a diferentes formas posibles de planificación.
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económico, que será el defensor de una despolitización de las decisiones económicas
por la extensión de la racionalidad del mercado. La fuerza ascendente de esta corriente
se nutrirá del rechazo estalinista, de la identificación creciente de la autogestión con un
sistema descentralizado y, posiblemente, del interés de los cuadros del régimen por
introducir más mercado. De hecho, el IX congreso de la LCY, en 1969, se inclina
decididamente por una producción socialista de mercado, el objetivo proclamado es
claro: la dominación del mercado es necesaria para el desarrollo racional de las fuerzas
productivas y el pleno expansión de las relaciones de producción autogestionarias. Las
relaciones de mercado socialista no son una contradicción en los términos: el mercado,
extendiéndose permitirá el desarrollo de los elementos socialistas de la sociedad.
Con la reforma de 1965 el Estado perdió su rol económico en favor del sistema
bancario. El autofinanciamiento y los créditos bancarios debían ser la regla para las
inversiones y las empresas. El primer año de aplicación de la reforma se salda con una
brutal recesión. Se inicia, igualmente, el fenómeno de la emigración masiva, aumentan
los abusos y la dilapidación de los fondos sociales. Y el resultado de la competición
impuesta a las empresas autogestionadas orientadas por criterios de gestión
microeconómica produce, por razones eminentemente sociales, el efecto inverso del
esperado, una bajada de la eficacia en el conjunto del sistema y el desarrollo de efectos
socioeconómicos opuestos a sus objetivos.
La cuarta fase cubre el período 1971-88 (momento en que acaba la obra de
Samary); a mediados de los años 70 se vuelve a introducir importantes innovaciones en
el sistema de planificación, se trata de “una tentativa original de planificación por
contratos que se opone a la vez al plan estatal y al mercado, pero el contexto político
interior y el impacto de la crisis mundial sobre el sistema abierto al exterior, en orden
disperso, van a conducir al más grave fracasó de la historia de la posguerra. La crisis
está a partir de ese momento marcada por un endeudamiento exterior que somete al país
a las presiones del Fondo Monetario Internacional sin que haya cohesión interna”81. La
reforma yugoslava, dice Samary, fue muy radical en la extensión de los mecanismos de
mercado porque amplió los derechos de la autogestión y de las repúblicas; pero fue
bloqueada por esos mismos mecanismos de mercado poniendo en causa la autogestión y
agudizando los conflictos nacionales. Un nuevo giro se imponía porque el sistema se
encontraba amenazado por las tensiones sociales y nacionales crecientes.
81 Ibídem, pág. 46
Jesús Sánchez Rodríguez
67
Si entre 1965-74 había aumentado la competencia entre las empresas en el
mercado y el poder de los bancos provocando un incremento de las desigualdades entre
empresas y entre regiones y, como consecuencia, un movimiento de protestas en la
sociedad que demandaba una planificación autogestionaria y un recorte del poder de la
tecnoburocracia; entre 1974-80, las protestas de la izquierda y de los nacionalistas
liberales primero fueron reprimidas y luego algunas de sus reivindicaciones fueron
recogidas en la reforma constitucional de 1974: de un lado se limitó al mercado con
formas de planificación contractual y se amplio los derechos de autogestión, de otro se
amplió la descentralización económica.
Son los mismos dirigentes históricos que han hecho fracasar la reforma. Son los
mismos que habían conducido la revolución, después asumido la ruptura con Stalin, e
introducido la autogestión. La legitimidad de su poder se había reforzado en cada una de
estas etapas: una vuelta hacia atrás no era posible. Actuaron como árbitros en relación a
los conflictos nacidos en las reformas para encontrar nuevos compromisos con los
actores sociales – trabajadores, repúblicas – de lo que dependía en primer lugar la
estabilidad del poder.
Los cambios institucionales registran y estimulan una nueva configuración de
equilibrios sociopolíticos derivados de la crisis de 1971. La reforma de los años 50
había introducido la autogestión sometiéndola del plan. La de 1965 había ampliado los
derechos de la autogestión sometiéndolos al mercado. El sistema introducido en el
decenio 70 pretende crear por primera vez en la historia un sistema de autogestión
integrado que controlase a la vez el plan y el mercado.
De un lado, las instituciones bancarias y comerciales ven reducida su autonomía
y son restringidas en sus funciones; de otro lado, las empresas son desmanteladas en
unidades más pequeñas, las Organizaciones de Base de Trabajo Asociado (OBTA), con
el objeto de quebrar el poder de los tecnócratas y permitir, así, a la autogestión ejercerlo
de manera menos formal. La planificación por contratos entre OBTAs, poniendo en
común su trabajo y sus recursos, debía a la vez impedir la atomización del mercado y la
dominación estatal. Nunca antes – y tampoco después – los derechos de las células
autogestionarias han sido más amplios. Pero, puntualiza Samary, en la práctica, se abrió
un abismo gigantesco entre el derecho y la realidad, y una eficacia decreciente de los
mecanismos que debían asegurar la coherencia de sistema en su conjunto.
Los equipos de gestión de las empresas se profesionalizaron cada vez más
desplazando a los nombramientos políticos, la tecnocracia desplazaba a la politocracia.
Las experiencias históricas de transición al socialismo
68
La asamblea general de los trabajadores se vaciaba de sus poderes en beneficio de los
órganos de gestión. La dimensión de las empresas, los procesos de fusión y absorción
en este periodo, han favorecido la emancipación de los equipos de dirección. Los
nuevos comités de negocios no han sido compuestos más que por directores y cuadros.
Una nueva ideología acompañó a este proceso, según la cual, la autogestión habría sido
esencial en un período de despegue económico, pero el socialismo de mercado
avanzado exigiría más espíritu de empresa, más competencias profesionales y
adaptación rápida al mercado – dicho de otra manera, menos sumisión a los
trabajadores.
El nuevo sistema institucional elaborado en el curso del decenio de 1970
concluyó con un fracaso − y un nuevo giro de orientación en los años 80. Al final del
decenio de los 70 todo el sistema funcionaba de manera contraria a como debería de ser
en socialismo autogestionario. Yugoslavia conoció después de 1979 la más grave crisis
económica, política y moral de su historia post revolucionaria.
En la década de los 80 la economía yugoslava entró en una grave crisis, la deuda
exterior alcanzó la cifra de 20 millones de dólares, fundamentalmente debido al fuerte
endeudamiento de las empresas yugoslavas con los bancos accidentales en los años 70,
en medio de una hiperinflación desbocada y un alto nivel de paro. En esas difíciles
condiciones el FMI impuso entre otras medidas para renovar la deuda el
desmantelamiento del sistema autogestionario.
Es difícil caracterizar en general la naturaleza del sistema híbrido que se
estableció en Yugoslavia entre 1950 y 1980, de un lado el poder político era
monopolizado por el partido comunista, de otro lado las empresas eran gestionadas por
los propios trabajadores, si bien paulatinamente fue imponiéndose el poder de los
gerentes y los tecnócratas − los expertos − sobre los trabajadores, finalmente las
empresas funcionaban en un contexto mercantil, competían entre ellas para obtener
mayores cuotas de mercado y aumentar sus ganancias. Pero, al menos en teoría, se
afirmaba que se buscaba construir el socialismo.
No obstante, como hemos visto, tampoco esta fue una vía exitosa de alcanzar el
socialismo. Vamos a terminar recogiendo algunas críticas suplementarias realizadas
sobre esta experiencia que llegó a alcanzar en algún momento un alto nivel de atracción
sobre partidos y movimientos heterodoxos dentro del universo socialista.
Jesús Sánchez Rodríguez
69
Empecemos por ver los elementos positivos que Michael A. Lebowitz82 la
reconoce. En primer lugar se encuentran las altas tasas de crecimiento económico
alcanzadas con la implantación de este sistema, especialmente en los primeros años, las
altas tasas de inversión conseguidas y su contribución a la industrialización del país;
después destaca la alta participación de los trabajadores en sus empresas; este hecho
contribuyó al tercer aspecto positivo, el aumento de la disciplina laboral.
Después, en el mismo documento este autor desmenuza los aspectos negativos
de la experiencia. Las empresas autogestionadas mantenían a sus trabajadores, pero no
creaban mucho empleo, lo que unido a la emigración del campo a la ciudad originó un
aumento del desempleo y la emigración a Europa occidental83. Se produjo una tendencia
al incremento de las desigualdades entre los ingresos de los trabajadores de diferentes
empresas. Un efecto de esta situación fue la práctica empleada por las empresas más
pobres de endeudarse para invertir, ya que el ingreso de sus trabajadores era superior a
lo que realmente convenía a la situación de la empresa. También se asistió a una pérdida
del sentido de la solidaridad en la sociedad, pues de un lado se impuso el interés
colectivo de los trabajadores de cada empresa marginando los intereses de la sociedad y,
de otro, las repúblicas más ricas querían independizarse de las más pobres. Finalmente
nos encontramos con el paulatino dominio de los tecnócratas y expertos sobre el resto
de los trabajadores en la empresa.
Catherine Samary plantea los serios problemas a los que se enfrenta un proyecto
socialista y que son puestos en evidencia en la autogestión yugoslava de manera más
clara que en otras experiencias porque allí se ensayaron más alternativas sin éxito. El
proceso yugoslavo tropezó “con tres grandes dificultades portando cada una problemas
teóricos que el marxismo había estado lejos de tener resueltos: las relaciones con el
mercado mundial dominado por un capitalismo desarrollado; la relaciones entre sector
planificado y el sector privado interior; la naturaleza y orientación de la planificación.
Detrás estos problemas se encontraba evidentemente planteado el de la ley del valor y,
más ampliamente, la cuestión de las nuevas relaciones sociales.”84 Por ello mismo, una
primera conclusión se impone para esta autora, “No se puede decir que sea la
‘limitación exterior’ del mercado mundial lo que explica la crisis yugoslava, sino la
82 Lebowitz, Michael A., Lecciones de la autogestión yugoslava, Ponencia presentada en el panel cerca del movimiento sindical en
el Encuentro Mundial de Solidaridad con la Revolución Bolivariana en Caracas, Venezuela, 14 de abril de 2004.
http://www.nodo50.org/cubasigloXXI/taller/lebowitz_310505.pdf. Págs. 6-8
83 En 1970 se contabilizaban 320.000 desempleados y más de 800.000 emigrantes. Recogido en Nascimento, Claudio, Do “BECO
dos SAPOS” aos CANAVIAIS de CATENDE, pág. 81.
84 Samary, Catherine, Le marché contre l’autogestion, op. cit., pág. 84
Las experiencias históricas de transición al socialismo
70
ausencia del respeto a una ‘limitación interior’, esencial desde un punto de vista
socialista: la necesidad de una elección previa, explicita de ‘relaciones de los hombres
entre ellos’, de relaciones de comunidades entre ellas. Dicho de otra manera, la
subordinación de la producción y los intercambios (interiores y mundiales) a la política,
a la elección de sociedad.”85 El fracaso yugoslavo encuentra sus razones en los
problemas internos, actuando el modo de inserción en el mercado mundial como un
factor agravante de la crisis. En su balance, concluye que es la propia lógica de las
reformas de los mercados autogestionarios la que llevó finalmente a la supresión de la
autogestión obrera. Para esta autora la alternativa sería que la autogestión, que fue
sofocada por el Estado, hubiese asumido el poder, socializarle efectivamente, y ser
representada en el plano de la federación y de las repúblicas en el cuadro que una
cámara específica. La unificación necesaria de los criterios de gestión y de distribución
podría emanar de ella, a este nivel. Era necesario realmente mejorar la eficacia de la
gestión, reducir los costos y aumentar la productividad. Pero se debían encontrar
soluciones compatibles con la profundización de la autogestión. Sin embargo, éste no
fue el camino, se mantuvo una concepción y una práctica de la autogestión ante todo
local, sometida a los criterios de mercado, pero sobre todo a las decisiones centrales,
necesariamente estatistas. Es verdad, continua la autora, que la autogestión tenía el
derecho a extenderse, pero la experiencia, los estímulos y las instituciones no incitaban
a ello.
Resumiendo las causas que estuvieron detrás del fracaso de esta experiencia,
Samary apunta en primer lugar a lo que es el núcleo del problema, el poder político
levantado entre 1945-50 fue calcado del de la URSS y, cuando en 1948 se produzca la
ruptura con el stalinismo, habrá un punto en que permanezca intacto, la cuestión del
sistema político. Jamás una forma de autoorganización espontánea o de reagrupamiento
político dentro o fuera de la LCY será tolerada. Además, señala que, contrariamente al
origen de los soviéts en Rusia nacidos espontáneamente, la autogestión yugoslava fue
introducida desde la altura y bajo la tutela de los dirigentes yugoslavos. Critica que no
se permitiese nunca por la dirección comunista la posibilidad de un debate abierto sobre
los fines y los medios y que, por tanto, las reformas de las tres fases del sistema de
autogestión fueran implementadas primero y suprimidas después desde arriba. Tampoco
se permitió ninguna forma de representación global de los consejos obreros en el plano
federal. La Liga de los Comunistas nunca toleró el pluralismo político; y la acumulación
85 Ibídem, pág. 20
Jesús Sánchez Rodríguez
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de represión, cambios de orientación y reformas terminaron desacreditando al proyecto
socialista, con el giro final al liberalismo y al nacionalismo y con la transformación de
las burocracias en nuevas burguesías. Su resumen final es que “la autogestión yugoslava
no se dotó de instituciones que le diesen una coherencia global y adecuada a las
aspiraciones espontáneas de los trabajadores (seguridad en el empleo, responsabilidad,
mejora solidaria de los niveles de vida y libertades)”86 pero también rechaza que este
sistema sea inviable, “La crisis de la autogestión yugoslava ‘prueba’ únicamente que la
autogestión no estaba dotada de instituciones adecuadas a la coherencia y aspiraciones
de los defensores de la autogestión”87
En un sentido similar se expresa el economista y dirigente trotskista Ernest
Mandel. En primer lugar lamentando que el entorno económico mercantil en que se
desarrolló la experiencia autogestionaria la llevase al fracaso, “Las dificultades, por no
decir la tragedia, de la autogestión obrera en Yugoslavia durante su mejor período de
funcionamiento, residían precisamente en su imbricación demasiado estrecha con la
economía de mercado. Una vez que el mercado fijó las grandes líneas del desarrollo
económico, las empresas pueden ser obligadas a cerrar debido a una falta de
rentabilidad.”88 En segundo lugar reafirmándose sobre la viabilidad práctica de un
sistema autogestionario en las condiciones de lo que él denomina “tercer modelo”.
En su prefacio a la obra de Samary89, Mandel hace un resumen sucinto de las
razones del fracaso de la experiencia yugoslava apuntando a dos causas fundamentales y
orgánicamente ligadas: un recurso excesivo al mecanismo de mercado y el
mantenimiento de monopolio del poder político en las manos de la burocracia. Y
aprovecha para desmontar una idea difundida en su momento en los países donde
dominaba la planificación burocrática según la cual el único medio de batir de manera
decisiva la empresa paralizante de la burocracia es la extensión del mercado. La
aspiración a la autogestión ha reforzado este punto de vista. Pero, concluye el
economista belga, la experiencia yugoslava demuestra más allá de toda duda que el
despotismo burocrático es perfectamente compatible con la economía de mercado.
Yugoslavia pagó caro la introducción del “socialismo de mercado”.
86 Samary, Catherine, Los fines y los medios: ¿Qué proyecto autogestionario socialista?,
http://www.cellfrancescsabat.org/CELL/seccions/Analisis Estudis Econòmics/(2) Teoría Económica de la Autogestión/Art. Samary,
Catherine. Que proyecto autogestionario socialista.doc op. cit., pág. 3
87 Ibídem, pág. 1
88 Mandel, Ernest, Plan ou marché: la troisième voie, pág. 9, http://www.ernestmandel.org/fr/ecrits/txt/1991/plan_ou_marche.htm
89 Samary, Catherine, Le marché contre l’autogestion, op. cit., págs. 7-8
Las experiencias históricas de transición al socialismo
72
Romero Ramírez90 es otro de los autores que considera que el modelo yugoslavo
nunca terminó de madurar en la autogestión, a pesar del ordenamiento legal y de los
mecanismos creados para su implantación. Demuestra con cifras como “en contra del
espíritu de la Constitución de 1953 y de sus propios estatutos, el PCY modificó
simplemente su forma de ejercer el poder y, en lugar de imponerlo directamente desde
arriba, trató de hacerlo indirectamente, mediante el control que representaban sus
miembros apostados en los puestos claves de la estructura social”. Su balance es que
terminó reproduciéndose una nueva clase dominante formada por la tecnocracia, al nivel
de las empresas, y la burocracia, a nivel del partido y las estructuras políticas de poder,
con un mismo objetivo, el de acaparar y mantenerse en el poder. Y su conclusión es la
de que “La construcción de una sociedad autogestionaria no podría descansar, única y
exclusivamente, en la propiedad social de los medios de producción, ni en un
ordenamiento legal que confiriese a los trabajadores el estatus y la responsabilidad de
regir la vida social y económica, sin atajar antes todos los factores que conducen a la
desigualdad y a la consagración de las jerarquías. Lo que, como hemos visto, condujo
inevitablemente a la formación de elitocracias”.
Lebowitz se encuentra entre el grupo de autores que se muestran optimistas
sobre la viabilidad del modelo autogestionario, como recoge en el documento antes
citado y en otro complementario posterior91 en los que señala algunos de los aspectos
negativos a superar y deja planteados interrogantes respecto a otros. Así, deja claro de
que es peligroso tener en cuenta sólo el interés colectivo de los trabajadores de cada
empresa y no desarrollar instituciones de solidaridad social, y que, por lo tanto, no se
puede dejar todo el poder a las empresas individuales, siendo necesario el Estado para
tomar en cuenta las necesidades de toda la sociedad. También advierte que la
autogestión no resuelve por sí misma todos los problemas (por ejemplo, el de superar
las diferencias existentes de niveles educativos) y que un prerrequisito de su
funcionamiento es la autonomía económica que impida su mediatización por
instituciones económicas antagónicas.
Los problemas detectados en la experiencia yugoslava que deja abiertos son los
siguientes: La superación de la brecha entre obreros de un lado y gerentes y expertos de
otro, que tiene su origen en la división de trabajo y la parte monótona y agotadora de
90 Romero Ramírez, Antonio José, Yugoslavia: de las repúblicas de los consejos obreros a la guerra entre repúblicas, Papers, 44,
1994, págs. 19-27
91 Lebowitz, Michael A., Siete preguntas difíciles: Problemas de la autogestión yugoslava.
http://www.cellfrancescsabat.org/CELL/seccions/Analisis Estudis Econòmics/B(1) Historia Económica Anarquista y de la
Autogestión/07.Art Lebowitz, Michael A. Siete preguntas difíciles, problemas de la autogestion Yugoslava.pdf.
Jesús Sánchez Rodríguez
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éste que corresponde al obrero. La solución a situaciones de empresas que bajan su
actividad y se encuentran con un excedente de empleo. La corrección de las tendencias
a la desigualdad entre empresas; y otra serie de ellos que en definitiva remiten al
problema de la relación entre una empresa autogestionada y la sociedad tomada
globalmente.
Entre estos autores hay una diferencia clara en torno a los dos problemas
fundamentales que atraviesan todas las experiencias socialistas que estamos analizando,
entre ellas la yugoslava; son los referidos a la utilización o no del mercado en el
socialismo y a la concepción de la democracia, o dicho de otra manera, a la posición en
torno al monopolio o no del poder político por un solo partido político.
Catherine Samary es más explicita en ambas cuestiones, pues por una parte
considera como la principal causa responsable de la crisis de los países del socialismo
real la existencia del burocratismo y de la dictadura del partido único y considera que la
democracia autogestionaria necesita del pluralismo de los partidos políticos; y, por otra
parte, rechaza el mercado de trabajo y el de capital, pero no el papel de la moneda, el
mercado de bienes y servicios, y la pequeña producción mercantil; proponiendo una
socialización a la vez del mercado y del plan. Lebowitz parece más explícito en los
referente al mercado, pues considera que el aumento experimentado por las
desigualdades entre industrias y regiones y la pérdida de la influencia de los
trabajadores dentro de las empresas en beneficio de los expertos fueron consecuencias
negativas de las reformas hacía una economía de mercado llevadas a cabo en los años
60. Sin embargo no emite ninguna crítica sobre el monopolio político de la Liga de los
Comunistas.
Finalmente, la valoración que realiza otro autor trotskista como Pierre Naville92
de la autogestión, tal y como se plasmó en Yugoslavia, no es muy positiva: reconoce
que los centros de decisión primarios autogestionados son órganos de decisión
autónomos, pero a estos se superponen otros de naturaleza regional o federal que tienen
el control del poder del Estado bajo la forma de mecanismos económicos centrales,
instituciones políticas y organismos de seguridad, además del poder del partido. Y
termina concluyendo que en esas condiciones la explotación subsiste, pero bajo una
forma nueva que denomina explotación mutua.
92 Recogido en Nascimento, Claudio, op. cit., pág. 81.

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