CUBA: EL SOCIALISMO ACOSADO. EXPERIENCIAS SOCIALISTAS

Las experiencias históricas de transición al socialismo

Jesús Sánchez Rodríguez

CUBA: EL SOCIALISMO ACOSADO
China inició en 1978 un proceso de reformas que la ha apartado progresivamente
de lo que se ha considerado generalmente las señas de identidad más características del
socialismo, lo que ha provocado una polémica sobre la naturaleza de su actual sistema
social y su previsible evolución; pero a la vez ha conseguido un espectacular
crecimiento económico.
1989 se suele utilizar como una fecha orientativa clave para condensar el
conjunto de cambios acaecidos en la Unión Soviética y Europa oriental que llevaron a la
desaparición de las formaciones que tuvieron su origen en la revolución de octubre y en
la posterior expansión soviética tras la Segunda Guerra Mundial. En estos casos no cabe
ni el debate ni la duda, el capitalismo fue restaurado en toda esa área acompañado a
veces de un proceso de reestructuración geopolítica y guerras intestinas.
Fuera de estas dos grandes áreas de inmensas transformaciones subsistieron dos
países del antiguo campo socialista que no imitaron ninguno de los dos procesos
principales, Corea del Norte y Cuba (podemos considerar que Vietnam siguió el modelo
chino). En cuanto al primero, se trata de un régimen donde subsiste lo peor de las
características stalinistas, cerrado al resto del mundo y, por todo ello, su modelo no
suele ser objeto de atención por la izquierda, considerándole de manera implícita como
algo superado, abocado a la transformación o el colapso.
Cuba, por el contrario, es la protagonista de una tenaz resistencia por mantener
las características políticas, sociales y económicas históricamente más definitorias de
las formaciones sociales originadas a partir de la revolución de octubre, en las difíciles
condiciones derivadas del colapso soviético y euro-oriental y de los cambios en China.
Su caso ya fue especial desde el principio por tratarse de un país socialista a escasas
millas de las costas de Estados Unidos, sometido por éste, como es perfectamente
conocido, a diversas tentativas de acabar con dicho régimen; lo que ha incluido la
utilización de todos tipos de métodos desde el intento de invasión, al bloqueo
económico, pasando por los atentados, los sabotajes, etc. También es especial por
tratarse de un pequeño país subdesarrollado que mantenía una fuerte dependencia
económica con la Unión Soviética y que, en consecuencia, sufrió profundamente el

impacto de su derrumbe. Parecía, a la vista de estos datos, que las posibilidades de
supervivencia de un régimen socialista en la isla tras dicho derrumbe no eran muy altas,
y esto fue lo que debió inducir al gobierno norteamericano a pensar que un
recrudecimiento del bloqueo llevaría al colapso de la revolución, lo que se tradujo en la
aprobación primero de la Ley Torricelli en 1992 y luego de la Ley Helms-Burton en
1996133.
Sin embargo, pese a los esfuerzos de los gobiernos norteamericanos, casi dos
décadas después de la fecha clave de la debacle del socialismo real, Cuba persiste en su
intento de mantener las características socialistas en las condiciones que permite la
situación de principios del siglo XXI.
Otra característica especial de la revolución cubana se encuentra en su origen, y
ello por dos motivos, el primero, y más característico, porque la revolución no fue
llevada a cabo por una organización comunista entendida en sentido general, es decir,
una organización de tipo partidista orientada por el marxismo leninismo; el segundo
motivo ya no es tan especial de la revolución cubana, efectivamente, ésta no se originó a
partir de una grave guerra interimperialista que hubiese desarticulado o debilitado tanto
el Estado donde se produce la revolución como el sistema geoestratégico internacional y
ofreciese oportunidades para realizar y consolidar un sistema anticapitalista. Pero se
puede acudir a otras dos revoluciones que alcanzaron el triunfo en estas últimas
condiciones, la sandinista, que no consiguió sobrevivir al acoso del imperialismo
norteamericano; y la vietnamita, que es un desarrollo de las luchas de liberación
nacional emprendidas tras la II Guerra Mundial.
La guerrilla cubana que va a derrocar a Batista y tomar el poder en 1959 surge a
partir de grupos de estudiantes e intelectuales que se radicalizan a partir del segundo
golpe de Estado de Batista en 1952. No proviene, pues, de organizaciones comunistas ni
del movimiento obrero. Sin minusvalorar en absoluto la importancia de la táctica
guerrillera brillante e imaginativa empleada por Fidel, que transformó en dos años un
pequeño grupo diezmado en el momento de su llegada a la isla en un ejército victorioso
de 3000 hombres, no cabe duda que la guerrilla dirigida por Fidel Castro aprovechó la
descomposición del régimen de Batista, el abandono del apoyo norteamericano y la
burguesía nacional, y la huelga general de los trabajadores para dar el golpe de gracia a
la dictadura e imponer un gobierno provisional. De alguna manera jugó en su favor lo
133 Estas dos leyes, especialmente la segunda, tienen un carácter extraterritorial ya que preveen sanciones contra países o empresas
que presten asistencia a Cuba.

que Ernesto Che Guevara va a definir como la excepcionalidad de la revolución cubana.
Éste defendía la existencia de la excepcionalidad, pero con un sentido muy diferente al
que empleaban los viejos cuadros del estalinista PSP, si éstos pretendían con este
concepto evitar la conversión de la experiencia cubana en un modelo para América
Latina, El Che, por el contrario ve la excepcionalidad en dos puntos clave, el liderazgo
de una personalidad como Fidel y, la que realmente consideramos una excepcionalidad
clave, el que el imperialismo norteamericano infravalorase la verdadera naturaleza del
proceso que se desarrollaba en Cuba.
Las primeras medidas llevadas a cabo tras la toma del poder, como la subida de
salarios, la bajada de alquileres o la primera reforma agraria, tienen una clara
orientación progresista, pero aún no socialista, sin embargo agudizan la oposición
exterior e interior al nuevo poder, la reacción se reagrupa y comienza el boicot por parte
del imperialismo. Este enfrentamiento creciente con el poderoso vecino del norte lleva
al nuevo régimen cubano a acercarse a la Unión Soviética. El punto álgido del acoso
norteamericano se produce en abril de 1961 con el intento fracasado de invasión en
Playa Girón y tiene su continuación en la crisis de los mísiles del año siguiente, que dio
lugar a una tensa situación mundial y cuya resolución − mediante negociaciones entre
norteamericanos y soviéticos a espaldas de los cubanos − produjo una seria irritación
entre estos últimos con sus aliados.
El acercamiento a la Unión Soviética en esas circunstancias también vino
motivado por la voluntad de iniciar un proceso de industrialización y diversificación
económica que rompiese la dependencia económica con Estados Unidos. Los soviéticos
aportaban su modelo de planificación centralizada y un importante compromiso
económico. Como resultado de toda esta situación a finales de 1961 Fidel proclamó el
carácter marxista-leninista de la revolución.
Se puede hablar de unos objetivos generales del modelo de economía
centralmente planificada establecido en Cuba y que serían “a) propiedad estatal casi
absoluta de los medios de producción; b) conservación en lo fundamental de la
planificación económica (…) c) garantía de empleo, salud, educación y previsión social
con igual oportunidad de acceso para toda la población, siendo el otorgamiento de esos
servicios gratuito, y d) meta de un cierto grado de equidad y homogeneidad en la

sociedad”134. Pero el desarrollo de este modelo pasó por etapas diferenciadas como
vamos a ver a continuación.
Para orientarnos en la evolución política y económica que siguió la revolución
cubana seguiremos a continuación la propuesta de periodización que realiza Víctor M.
Figueroa Albelo135. El punto de arranque de la transición al socialismo lo sitúa en una
fecha y un acontecimiento preciso, “el 13 de octubre de 1960 con la nacionalización del
gran capital nacional”, para a partir de ese momento distinguir tres grandes períodos. El
primero es el que denomina “Salto a la transición al socialismo desde el capitalismo de
Estado de liberación nacional. Heterogeneidad estructural (13/10/1960 hasta finales de
1963).” caracterizado por la tendencia al dominio de la forma estatal socialista, pero
conservando la diversidad de formas de propiedad y de relaciones de producción. El
segundo período es el “Modelo estatal globalizado de la economía de transición (1964-
1989)”, en él, la heterogeneidad socioeconómica da paso a la supremacía de la
estructura estatal, optándose por el cooperativismo como forma predominante de
socialización en el campo. Finalmente, el tercer período es el que va a denominar
“Hacia un Modelo heterogéneo (mixto) de transición (1990 hasta el presente)”. Las
razones y objetivos de este período son muy claros “La crisis económica y estructural
interna y de su soporte externo, conducen a la reforma de la base económica del sector
socializado, a una apertura a la heterogeneidad socioeconómica de la base económica y
al dualismo funcional de la economía. Se trata de un proceso de adaptación y
transformación creciente de la estructura interna más acorde al nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas y a la necesaria reinserción del país a la economía mundial
globalizada.”
El autor considera que debido a las condiciones socioeconómicas de las que
partía la revolución, la misión histórica de la transición en Cuba no era alcanzar el nivel
de desarrollo del capitalismo monopolista de Estado sino alcanzar un objetivo más
modesto y realista, “la tarea de salir del subdesarrollo mediante una acumulación
originaria que promueva el desarrollo económico y social, que consolide la liberación
nacional, escapando al predominio y lógica del gran capital, nacional y transnacional.”
Igualmente, considera que las razones que impulsan a la revolución a iniciar la
transición al socialismo en fechas tan temprana y al predominio hegemónico final de
una economía de tipo estatal a finales de 1963 no son fruto de una “acción política

programada”, sino de las presiones contrarrevolucionarias de la burguesía interna y el
acoso imperialista.
La contradicción fundamental en ese momento se centra en el atraso de las
fuerzas productivas − como recuerda el autor “nos referimos a las fuerzas productivas
de un país neocolonial pequeño y periférico, y por lo mismo atrasadas, deformadas
estructuralmente e incapaces orgánicamente de garantizar la reproducción
independiente. El crecimiento autosostenido le resulta imposible.” − con unas relaciones
socialistas de producción. Se importaron las formas de organización derivadas de las
experiencias socialistas europeas y se reprodujeron algunos de los problemas graves con
que se encontraron aquellas economías en sus inicios, como el de la carencia de técnicos
y profesionales.
Entre el primer y segundo periodo que diferencia Figueroa Albelo se produce en
Cuba una discusión teórica sobre el tipo de organización económica para la revolución
de la que hace una síntesis explicativa Ignacio Ramonet136: son dos las posturas
enfrentadas, de un lado los partidarios del Cálculo Económico que defendían “un
proyecto político de socialismo mercantil, con empresas gestionadas en forma
descentralizada y con autarquía financiera, compitiendo e intercambiando con dinero
sus respectivas mercancías en el mercado. En cada una de las empresas predominaba el
estimuló material. La planificación, sostenían estos seguidores del Cálculo Económico,
operaba a través del valor y del mercado. Ese era el camino principal elegido y
promovido en aquellos años por los soviéticos”.
La segunda postura es la denominada Sistema Presupuestario de Financiamiento
que “cuestionaba el matrimonio de socialismo y mercado. Defendían un proyecto
político donde planificación y mercado son términos antagónicos (…) propiciaban la
unificación bancaria de todas las unidades productivas, con un presupuesto único y
centralizado, entendidas todas ellas como partes que una gran empresa socialista
(integrada por cada una de las unidades productivas particulares). Entre cada fábrica de
una misma empresa consolidada no había compraventa mediada por el dinero y el
mercado, sino intercambio a través del registro de cuenta bancaria. Los productos
pasaban de una unidad productiva a otra sin ser mercancía.” El principal defensor de
esta última posturas era Ernesto Che Guevara, que concebía la planificación más que
como un simple recurso técnico, como la herramienta para ampliar el radio de

racionalidad humana y se inclinaba por los incentivos morales como manera de elevar la
conciencia socialistas los trabajadores.
Esta misma discusión es recogida en la obra colectiva “La economía política de
la construcción del socialismo” que estamos citando137.
El autor considera que en la etapa de 1967-70 se pone en marcha una política
idealista y voluntarista que, a pesar de los avances generados en la conciencia socialista,
dio lugar a serios errores, “La tesis de construir paralelamente el socialismo y el
comunismo supuso violentar la lógica y la evolución de la estructura socioeconómica de
la transición, acelerando los cambios estructurales y de conciencia, lo que condujo a
acciones que se apartaban de las leyes económicas objetivas lo que provocaría serios
trastornos al desempeño económico (…) dieron al traste con aquel ensayo original de
construcción económica a golpes de voluntad y de idealismo” . El resultado es una etapa
de rectificación de los errores que se extiende entre 1971 y 1974. El final de este
segundo período señalado por Figueroa Albelo es la etapa que va de 1975 a 1989 y
cuyos cambios más destacados resume de la siguiente manera : “la introducción de un
sistema de dirección y planificación de la economía (relaciones monetario-mercantiles y
autofinanciamiento restringido), la estrategia de “industrialización desplegada”
orientada al cambio de la matriz tecnológica y el crecimiento autosostenido, la
cooperativización como forma determinante de socialización del campesinado y la
aplicación consecuente de la distribución según el trabajo. Además, se institucionaliza
el país: Constitución de la República de 1976, división político-administrativa, creación
de los órganos del Poder Popular y reorganización del aparato central del Estado. El
desempeño económico alcanzó un crecimiento sostenido.”
Así entre 1964-89 Cuba transitó por dos modelos diferentes de industrialización,
el agroindustrial exportador, que se llegó a denominar como “camino agrícola cubano
de la construcción del socialismo”, que se extiende hasta principios de los años 70 en
que termina en un fracaso y es abandonado por los ortodoxos eurosoviéticos; y la
industrialización desplegada desde 1975 que consiguió crear un sólido aparato
productivo industrial.
Mike González138 coincide a grosso modo con los períodos antes mencionados,
pero con una interpretación diferente de los mismos. Efectivamente el objetivo de los
dirigentes cubanos era conseguir la industrialización y diversificación económica como

manera de romper la dependencia de Estados Unidos, y dadas las condiciones existentes
este objetivo solo sería posible con la ayuda de la Unión Soviética que les proporcionó
su método de planificación centralizada. Así, “entre 1961 y 1963, la Cuba de Castro
impulsó una dirección muy burocrática y centralizada de la economía.” Esto significó,
entre otras cosas, “el fin del idealismo de los primeros escritos de Che Guevara; la
emulación socialista y la solidaridad colectiva no eran armas eficaces en la carrera por
la acumulación. Los consejos soviéticos eran claros y se reflejaron en la introducción de
incentivos materiales, de normas de productividad y de sistemas severos de disciplina
laboral”.
La dependencia cada vez mayor del azúcar que se derivaba de este modelo y la
manera en que los soviéticos gestionaron la crisis de los mísiles en 1962 llevó a los
dirigentes cubanos en 1965 a buscar una vía alternativa de desarrollo económico, “en
1965, Che Guevara publicó el ensayo fundamental El socialismo y el hombre en Cuba,
en el que defendía “un gran salto adelante” en base al modelo chino, basado en el
sacrificio de los trabajadores y en un período de austeridad y escasez cuya recompensa
serían no los incentivos materiales sino los “morales”, el reconocimiento de lo colectivo
y la generosidad revolucionaria. Era un regreso al voluntarismo del primer año de la
revolución, y el protagonista volvería a ser otra vez el Estado comprometido en una
lucha por la acumulación rápida y forzada con el apoyo de los trabajadores.” El fracaso
de esta política se expresa en el fracaso del objetivo de la zafra extraordinaria de azúcar
planteada para 1970 con la cual se pretendía obtener recursos extraordinarios para
lanzar un programa de industrialización.
Para Mike González, los cambios introducidos a partir de 1970 significaban que
“Cuba no sólo había abandonado efectivamente la aspiración de desarrollar una
industria propia o de diversificar la economía; además, se convirtió en productora de
azúcar dentro de un sistema económico integrado (…)Inexorablemente, se impusieron
los métodos soviéticos de planificación: incentivos materiales, rentabilidad de la
empresa, dirección en manos de un sólo individuo, planes quinquenales (…)Eran
síntomas de la integración global de la economía en el ámbito soviético.”
La opinión de este autor trotskista respecto a la naturaleza del régimen cubano
no deja lugar a dudas, su respuesta es negativa a las preguntas que se hace sobre si en
Cuba se ha defendido un camino alternativo de transformación socialista, o, sobre si su
historia posrevolucionaria es una historia de democracia y participación que pueda
proporcionar fundamentos diferentes a las ideas socialistas. Reconoce su resistencia

frente a los ataques imperialistas y el desastre que supondría una victoria final por parte
de éstos, pero crítica que esta estrategia de supervivencia haya cargado los costes sobre
la clase obrera.
Otro análisis trotskista es el de Eduardo Molina139, quién diferencia tres períodos
en la revolución: El que abarca los años 1959-65 en el que se consolida el sistema
socioeconómico y político de la revolución, con un importante desarrollo de las fuerzas
productivas. El que se extiende entre 1965 y finales de los años 70 y en el cual el
fracaso de la industrialización y relativa autonomía da paso a la integración en el CAME
y el alineamiento con la Unión Soviética, quién ayuda generosamente a la isla mientras
ésta se especializa en el azúcar. Por último, el período que se extiende entre los
primeros años 80 y 1989 con imposibilidad de revertir la tendencia al estancamiento y
políticas contradictorias de liberalización económica y rectificación de errores.
Una periodización más pormenorizada sobre el desarrollo de la revolución
cubana es la que propone Rafael Berástegui140 con siete etapas diferenciadas: La del
inicio de la revolución en 1959-60 “hacía una indefinida vía no-capitalista”. La de 1961-
3, caracterizada por la definición marxista-leninista y el fracaso en reproducir el
esquema económico soviético de antes de 1965, se busca diversificar la economía y
acelerar la industrialización. Entre 1964-66 hay un debate sobre que tipo de economía
socialista adoptar que se salda con la victoria de las tesis de Ernesto Che Guevara, quién
critica las reformas económicas de la URSS en 1965 y se inclina por la concentración
económica y la movilización de los trabajadores bajo imperativos morales. La cuarta
etapa de 1966-70 la denomina este autor como “auge y ocaso del guevarismo” y la
caracteriza por “la hipercentralización político-económica y la semimilitarización de la
economía y de la sociedad”, que termina en un fracaso y el deterioro de la economía. La
de 1971-84 es la etapa de la institucionalización de la revolución, condenándose el
idealismo de las etapas anteriores y volviéndose al modelo soviético de la reforma de
1965, con mayor autonomía empresarial e incentivos materiales. Entre 1985-90 se
aplica una política de rectificación de errores, reforzándose la colectivización y las
decisiones centralizadas, volviendo a acudirse a los apelativos morales. La última etapa
iniciada en 1990 es la del período especial con prioridad a la supervivencia de la
revolución, la defensa nacional, la producción de alimentos y la recaudación de divisas.

Las bases del nuevo poder político de carácter socialista empiezan a sentarse a
finales de 1960. De un lado se unifican las fuerzas políticas que apoyaban el proceso, el
Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular,
primero en las Organizaciones Revolucionarias Integradas, luego en el Partido Unido de
la Revolución Socialista de Cuba y, finalmente, en el Partido Comunista de Cuba en
1965, aunque no tendrá su primer congreso hasta principios de los años setenta. En el
mismo período se levantan las principales organizaciones de masas, Los Comités de
Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres de Cuba, etc. Para Figueroa Albelo
“En este amplio sistema descansaría la legitimación del poder revolucionario de los
trabajadores, campesinos e intelectuales y la democracia participativa y directa de todo
el pueblo.”141
Vemos pues que entre los autores consultados existe un énfasis en aspectos
diferentes de un proceso que, como otras revoluciones exitosas, ha atravesado por
diferentes etapas. En el caso de la revolución cubana creemos que las dos etapas
fundamentales para el objeto principal de este estudio están representadas por aquella en
que se produce la discusión de las tesis guevaristas con la propuesta de un modelo
diferente del soviético y, aquella otra que se abre con la desaparición del socialismo real
en el espacio eurosoviético.
Ahora vamos a centrarnos en la primera. Su importancia radica justamente en la
propuesta de modelo alternativo que avanza Ernesto Che Guevara en su evolución
ideológica y que finalmente no se constituyó en la práctica como ese modelo
alternativo. Efectivamente, quien ejerce en esos momentos de Ministro de Industria en
Cuba y también de embajador extraordinario de la revolución realiza una critica al
modelo soviético basado en dos aspectos centrales vinculados entre sí: crítica el modelo
de Cálculo Económico y la utilización de incentivos materiales en la producción. Su
propuesta alternativa es el Sistema Presupuestario Financiero y la prioridad de los
estímulos morales, cuya finalidad está condensada en una fase celebre suya de una
entrevista concedida en Árgel a Jean Daniel en julio de 1963: “El socialismo económico
sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo
tiempo luchamos contra la alienación.”
No es el objetivo de este trabajo analizar la trayectoria política o ideológica de
Ernesto Che Guevara, sino el proyecto de transición socialista que él concibió en tanto
ocupaba altos cargos en el gobierno cubano, y que solamente se aplicó parcial y

temporalmente en las empresas del ministerio de industria a su cargo. Teóricamente este
pulso con sus adversarios partidarios de la ortodoxia soviética quedó plasmado
especialmente en su polémica interna con el ministro de comercio exterior Alberto Mora
y externa con el marxista francés Charles Bettelheim en la que también intervino el
economista trotskista Ernest Mandel.
En la práctica se trataba del enfrentamiento de dos visiones opuestas sobre el
desarrollo económico cubano: “Por esa época muchos se cuestionaban, desde posiciones
de izquierda, la real posibilidad de llevar a cabo una revolución socialista de liberación
nacional y se negaba el intento de crear un socialismo no mercantil en un país
subdesarrollado. Los impulsos implacables de las fuerzas productivas no lo permitirían,
como lo argumentaban muchos de los opositores del Che. Sin embargo, para él, que
parte de la premisa de que en el socialismo los hombres pueden dirigir conscientemente
los procesos económicos a través de la planificación y las modernas técnicas de
dirección heredadas de los monopolios interviniendo activa y organizadamente en el
desarrollo histórico –luchando contra los fetichismos–, es posible que en determinadas
situaciones las relaciones de producción estén más avanzadas que las fuerzas
productivas, aunque eso parezca una herejía digan lo que digan los manuales.
Un país como Cuba, dada sus características históricas, geográficas, económicas
y políticas, podía “forzar” la marcha y adelantar las relaciones de producción socialistas
para incentivar el desarrollo de las fuerzas productivas, afirmaba el Che (…)Para él
resultaría mecanicista defender el postulado absoluto del desarrollo previo de las fuerzas
productivas, antes de que pueda desarrollarse la conciencia del individuo.”142
Ya se hizo alusión anteriormente a las diferencias entre el Cálculo Económico y
el Sistema Presupuestario Financiero, pero el núcleo de la polémica apuntaba a la
validez y aplicación o no de la ley del valor durante la transición socialista. Los
ortodoxos soviéticos partidarios del primer sistema afirmaban que en Cuba, al igual que
en las demás sociedades en transición al socialismo, la ley del valor mantenía en todo su
valor y operaba incluso dentro del sector estatal como criterio económico, era la
posición de Mora apoyada por Bettelheim. Para Ernesto Che Guevara, por el contrario,
la ley del valor se expresa naturalmente en el mercado capitalista, pero en una sociedad
en transición cambia la extensión y aplicación de esta ley, e incluso deja de actuar en el
caso cubano por sus características especiales. En definitiva, para este último la ley del
valor «actúa fundamentalmente como tendencia y, en los períodos de transición, su

tendencia debe ser lógicamente a desaparecer» y concluye uno de los estudiosos de su
pensamiento “La tendencia a la desaparición, según Guevara, debe, sin embargo,
caracterizar a todas las otras categorías mercantiles, de las que puede depender al fin y
al cabo también el funcionamiento de la ley del valor. Entre estas categorías, el Che
indica explícitamente el mercado, el dinero y el aliciente del interés material.”143
Para este estudioso de Ernesto Che Guevara la revolución cubana parte de una
situación de inexperiencia en la gestión de la economía, lo que explica los errores y
aproximaciones en los primeros intentos de planificación. Es en el desarrollo de este
aprendizaje que El Che va descubriendo los problemas y soluciones que habían
propuesto los clásicos y las experiencias vividas en el socialismo real, y a partir de las
cuales hace sus propias aportaciones. En el dramático contexto en el que se encuentra
Cuba en los primeros años de la revolución El Che se inclina al mismo tiempo por la
racionalización productiva a ultranza y por apoyarse en el valor del nuevo hombre con
conciencia. La culminación de su aportación teórica en este sentido es la vinculación
que realiza entre la problemática marxista de la alineación con el funcionamiento de la
ley del valor.
Este debate acabó en 1965 cuando El Che sale de Cuba y como apunta Massari
“No es un misterio, sin embargo, que fue el Che el que perdió en aquel choque. Su
«humanismo revolucionario» tenía que enfrentarse a la materialidad de la presencia
soviética en la economía del país y es también plausible que se haya rendido ante la
realidad de una «retaguardia» nacional, para poderse dedicar de lleno a su proyecto de
construcción de una «vanguardia» internacional. Y es de todos modos innegable que en
su decisión de salir fuera de toda responsabilidad en cuanto a la dirección de la
economía nacional –aunque fuese para asumir otras responsabilidades bien diferentes de
orden político– pesó la desilusión por las orientaciones surgidas en el grupo dirigente
castrista con respecto a las opciones estratégicas de la economía.
Puede haber pesado también, sin embargo, la constatación realista de que,
aunque fuese con una diferente hipótesis productiva, mucho más no podía hacerse en
una economía insular atrasada, rodeada, sometida al chantaje cotidiano del
abastecimiento energético y de la asistencia técnica por parte de los soviéticos.

Aquella nueva relación de dependencia de los países del CAME, mientras
ayudaba a Cuba a sobrevivir, falsificaba y hacía estériles los términos de cualquier real
discusión económica.”144
Las críticas más fuertes al modelo preconizado por El Che fueron realizadas
desde los países del socialismo real y sus partidarios dentro de Cuba acusándole de
idealismo y voluntarismo. Y es que, en última instancia, como incisivamente apunta
Massari, la verdadera contradicción en la que se encontraba la isla en 1963 (y el
ministro Guevara con ella) consistía en que Cuba no podía continuar dependiendo
estrictamente –para su supervivencia cotidiana además– del petróleo y del sostén
comercial de la URSS, y no podía al mismo tiempo rechazar el uniformarse a los
cánones de funcionamiento económico de los países del bloque soviético.
Es evidente, pues, que un aspecto determinante de la evolución de la revolución
cubana es su relación con el campo socialista en general y con la Unión Soviética en
particular. Una buena síntesis a este respecto − en la que se ponen en evidencia las
aportaciones positivas y negativas derivadas de esta relación − es la que hace Fernando
Martínez Heredia145, quien divide en dos etapas fundamentales las relaciones cubanosoviéticas.
La primera está caracterizada por un acercamiento-alejamiento con el punto
de inflexión en la crisis de los mísiles de 1962, “Desde 1960-62, la relación con la
URSS se volvió básica para la economía y la defensa de Cuba, ante el cuadro agudo de
expulsión brusca de sus relaciones internacionales, bloqueo, agresiones armadas,
terrorismo, cierre de mercados de armas y aislamiento a que fue sometida. La crisis de
octubre de 1962 mostró de manera dramática los límites de aquella alianza. En los años
60 Cuba y la URSS se alejaron cada vez más ideológica y políticamente, en la medida
en que el socialismo cubano era más consecuente y profundo.” Para Heredia, la
alternativa cubana alcanzó en esa época su cenit.
La segunda etapa es más extensa y va a durar prácticamente hasta la
desaparición de la URSS, su origen se encuentra en la incapacidad de Cuba para seguir
un camino autónomo en los dos aspectos vitales que Heredia reconoce, “no pudo
constituirse un campo de países liberados o autónomos en América Latina, ni Cuba
pudo realizar su estrategia de desarrollo económico socialista acelerado. Entonces se
impuso una retirada parcial respecto al proyecto de los años 60, y en ese marco las
relaciones económicas y políticas con la URSS se volvieron mayores y más profundas.

Cuba ingresó en el CAME (1972), aumentó mucho la proporción de algunos países de
ese grupo en sus relaciones económicas externas y sacrificó gran parte de su estrategia a
cambio de seguridad en cuanto a intercambios sistemáticos, capacidad negociadora y
una alianza política. La agresión económica permanente de Estados Unidos reforzó esa
necesidad.”
En el balance de la relación e influencia que ejerció la URSS sobre Cuba aparece
un saldo desfavorable para este autor cuando sopesa los aspectos positivos y negativos.
Entre los primeros, reconoce que “la relación con la URSS significó para Cuba contar
con aportes muy valiosos para la sobrevivencia, la satisfacción de necesidades sociales,
el funcionamiento de la economía, la defensa, la formación de técnicos y algunos otros
rubros. La relación ayudó a aminorar los efectos nocivos de la agresión norteamericana
y de la condición «subdesarrollada», pero era imposible que fuera un factor favorable al
desarrollo sostenido y autónomo de Cuba.”
Con ello da paso a la descripción de los aspectos negativos de una influencia que
“comprometió el tipo de crecimiento de la economía y afectó negativamente a la
dirección económica, la eficiencia de los actores, el papel de la actividad económica en
las transformaciones socialistas de los individuos, las instituciones y la sociedad como
un todo, y al proyecto nacional de desarrollo económico socialista.” Igualmente sostiene
que “esa segunda etapa del proceso estuvo marcada también por numerosos atributos
negativos, reforzados o impulsados por la relación con la URSS ya referida: una
fortísima burocratización, deterioro de las ideas y los comportamientos socialistas, las
deformaciones aludidas de la economía y sus funciones sociales en la transición
socialista, emergencia de intereses, privilegios y ventajas de grupos, clientelismo,
tecnocratismo, mercantilismo, descontrol e ineficiencia. La formalización de la vida
pública facilitó que crecieran el vaciamiento del discurso político, la simulación, el
oportunismo, la indiferencia y las frustraciones.”
Armando Chaguaceda146 considera que el modelo cubano es el clásico
Socialismo de Estado, “donde un partido basado en el esquema leninista (centralismo
democrático) se fusiona, subordinándola, con la maquinaria estatal para apoderarse del
control no solo de la economía, sino también de la sociedad y los aparatos ideológicos
del Estado.” Sus elementos básicos los describe compuestos por “partido de inspiración
leninista que rectorea la sociedad, economía esencialmente estatal y centralizada,

sociedad igualitaria, control y limitación de ciertos tipos, niveles y espacios de opinión
y debate públicos, promoción de una conciencia ciudadana basada en el colectivismo y
la solidaridad mutua.”
Reconoce con lucidez, y a partir de lo acontecido con el socialismo
eurosoviético, que si se toma en cuenta para calificar una determinada sociedad como
socialista solamente “los elementos estructurales de naturaleza material”, entonces no
hay problemas para calificar a Cuba como socialista. Ahora bien, por un lado, dada la
importancia especial de la dimensión subjetiva en la construcción del socialismo, “un
gobierno puede redistribuir de una forma igualitaria la riqueza, eliminar la existencia de
una clase capitalista y construir instituciones políticas diferentes al clásico modelo
liberal pero si la población, por imposición del modelo, desgaste de su capacidad
generadora de riqueza o caducidad del discurso, no se siente (o desdeña sentirse)
implicada, ésta transitará de la decepción al cinismo y de allí a la oposición descarnada.
Por lo que tarde o temprano el experimento entrara en crisis total, desmoronándose.”
Y por otro lado, señala la existencia de países capitalistas donde se ha producido
un alto desarrollo de las políticas sociales, alcanzando altas dosis de justicia y bienestar
social.
Por ello mismo, este autor adelanta lo que no puede ser definido como
socialismo, “el socialismo no puede ser esencialmente un sistema paternalista y
sobreprotector que provee seguridad, fijando a las nuevas generaciones en una eterna
infancia donde deben posponer indefinidamente la expresión de sus sentires, sus
expectativas y proyectos.”
El proceso de reformas iniciadas en China en 1978 no tuvo efectos relevantes en
Cuba, tanto porque no era con dicho país con el que mantenía sus principales relaciones
económicas, como porque en su inicio tampoco estuvo clara la orientación que iba a
tomar el proceso de reformas. Pero la debacle de socialismo eurosoviético a finales de
los años 80 si fue un golpe desestabilizador que supuso un peligro para la supervivencia
de la revolución cubana y sus logros, dando lugar a una nueva etapa de desarrollo de la
revolución que es la que vamos a analizar a continuación.
En 1989, el hundimiento del socialismo eurosoviético se añade como un hecho
de graves consecuencias a la etapa de recesión que conoce la economía cubana entre
1986-89 dando lugar a una seria crisis económica. Marcelo Dias Carcanholo y Paulo
Nakatani resumen los factores de la crisis económica cubana que ya existían en los años
80 y aquellos otros que van a impactar agravando la situación a finales de esa década:

“La economía cubana venía desacelerando su crecimiento desde la segunda mitad de los
años ochenta, ese desempeño fue agravado por la crisis de la deuda externa que también
afectó al conjunto de las economías socialistas. En tanto, la aceleración de la crisis en el
período 1989-1993 fue resultante, a nuestro entender, de dos factores fundamentales y
complementarios. El primero, fue la caída de la Unión Soviética, y el segundo, el
recrudecimiento del bloqueo norteamericano contra Cuba.”147
Este escenario va a provocar políticas de ajuste y reformas estructurales que en
opinión de Figueroa Albelo da lugar a un modelo parecido al de la NEP o al aplicado en
China en 1978 y en Vietnam en 1987, concluyendo que “el modelo es mucho más
apropiado a la socialización real en la transición extraordinaria al socialismo en la
periferia”148, aunque, al Período Especial que se abre en 1990 también lo define de otra
manera, como “una política económica de guerra en tiempo de paz para enfrentar la
crisis y promover los ajustes pertinentes sin abandonar las conquistas y el curso
socialista.”149
Osvaldo Martínez150 propone diferenciar dos etapas en el período que se abre en
1990. La primera situada entre 1991 y 1993 se caracteriza por tener un carácter
defensivo. La gravedad de la situación la describe con algunos datos concretos, al final
de este año se alcanza el punto más profundo de la crisis con una caída del 35% del PIB
con relación a 1989, una enorme sobreliquidez acumulada y un enorme déficit
presupuestario. Marcelo Dias Carcanholo y Paulo Nakatani151 también exponen con
cifras, en su artículo mencionado, la gravedad de la crisis abierta a partir de 1991
añadiendo que “el impacto de la caída de la producción y la violenta contracción en el
comercio exterior no produjeron una situación catastrófica mayor, en términos de las
condiciones de vida de la población, debido a la política social desarrollada en Cuba.”
La segunda etapa, que se extiende desde 1994 hasta la actualidad, se caracteriza
por la adopción de medidas activas de política económica que el autor resume en las
siguientes: apertura selectiva y controlada de la economía, cambios en las relaciones de
propiedad, sobretodo en el ámbito agrícola, apertura de espacios de mercado, proceso de
saneamiento financiero, y establecimiento de un proceso de doble circulación
monetaria. Todo ello teniendo como premisa “la preservación de los logros sociales

esenciales que siempre constituyeron un punto de partida de toda la reforma económica,
especialmente los logros en materia de educación, de salud y de seguridad social.”
Las modificaciones del modelo cubano que permitieron la expansión de las
relaciones mercantiles y descentralizó la planificación, afectaron a tres áreas
principales: “En primer lugar, se modificó constitucionalmente el concepto de
propiedad y la definición de planificación centralizada. En segundo lugar, un acelerado
proceso de desestatización de las tierras que fueron transformadas en cooperativas. En
tercer lugar, la despenalización de la posesión y uso de divisas extranjeras, la
liberalización del trabajo por cuenta propia y la autorización para el funcionamiento de
varios mercados privados de productos agropecuarios, industriales y de artesanado.”152
Para Figueroa Albelo las reformas iniciadas en 1990 van a suponer un cambio
del hasta ese momento modelo estatal socialista por otro heterogéneo o mixto en que
prevalecen las formas socializadas. La reforma constitucional de 1992 mantiene la
vigencia de la construcción socialista, pero limita la propiedad estatal a los medios
fundamentales de producción. Se separan las funciones de propietario y administrador
del Estado en las empresas; se reconoce la inversión de capital extranjero, y se suprime
el monopolio sobre el comercio exterior.
La estructura económica se diversifica quedando “configurada por diversos tipos
y formas sociales de producción: 1) el capitalismo de Estado de capital extranjero y
estatal en empresas mixtas, contratos de administración y de riesgo; 2) la pequeña
producción mercantil, privada individual, ampliada con nuevos campesinos y parceleros
de la reforma agrícola y cuentapropistas; 3) la cooperativa agrícola socialista
incrementada con las cooperativas de la reforma; 4) la estatal socialista en proceso de
reestructuración”.153
El Estado reduce su espacio como propietario, pero conserva su hegemonía y
regula el movimiento económico. La nueva base económica pasa a sustentarse en la
planificación y el mercado. De entre todas las medidas de la reforma económica,
considera que la más radical es la apertura al capital extranjero y reconoce que “las
experiencias de China, Vietnam y Cuba concuerdan en este aspecto fundamental del
modelo económico”154
Recuerda que en términos leninistas la economía mixta entre capital privado y
estatal representa un capitalismo de Estado que en el caso cubano tiene la particularidad

de que solo tiene lugar con el capital extranjero. A juicio del autor se trata de “una
necesidad estratégica ineludible y de largo plazo”, del precio a pagar por ser
subdesarrollados y tener que enfrentar el bloqueo.
Este autor concuerda con Osvaldo Martínez en el objetivo de las reformas: “En
Cuba, la reforma se hace por y para construir el socialismo, bajo la iniciativa y el
control del Partido Comunista (PCC) en consenso permanente con las organizaciones
políticas y de masas, con el pueblo: que es su legitimador real.”155
González Arencibia denomina al modelo surgido de las reformas puestas en
práctica a partir de los 90 como “Socialismo Planificado con Apertura Parcial al
Mercado Interno” y es de una opinión similar a la de los autores citados con
anterioridad en relación con los objetivos de las reformas, “La unidad del plan y el
mercado en el nuevo marco en que se desenvuelve la política económica cubana está en
que se concibe a la planificación, como una dimensión no solo técnica sino política, que
permite conjugar los intereses sociales del proyecto con relación a la propiedad social
socialista y con respecto a la distribución con justicia y equidad de los resultados del
trabajo”.156
Para este autor Cuba conoció dos etapas en relación con su conexión al mercado
mundial, o a la globalización. En la primera, entre 1961-89, Cuba se relacionó con el
campo socialista, esto la permitió una situación especial y contradictoria respecto a la
globalización, “Cuba se ‘conectaba’ al contexto de la globalización en este periodo, a
través de la crítica a las desigualdades que crean sus mecanismos de expoliación y se
desarrolló mediante una desconexión de sus consecuencias, pero también del progreso
científico técnico en marcha.”157 Situación similar a la de su inserción en la “División
Internacional Socialista del Trabajo”, de la que se derivaron ventajas, pero también
inconvenientes. La segunda etapa iniciada en 1989 se caracteriza porque Cuba sufre una
profunda crisis estructural después que los países del este europeo y la URSS fuesen
“absorbidos por el globalismo neoliberal”, lo que suponía para Cuba, a juicio de este
autor, la “necesidad de conectarse con el proceso de globalización”
Para este autor, a partir de 1990, Cuba reformula el modelo de desarrollo
buscando una inserción adecuada en los marcos de la globalización. Las distintas
formas de propiedad que aparecen desde ese momento, los mecanismos de regulación
fiscal y el sistema financiero se orientan hacia esa inserción en los mecanismos

internacionales que, sin embargo, encuentra tres graves obstáculos a esa conexión: el
persistente bloqueo de los Estados Unidos, las nuevas organizaciones supranacionales y
la globalización del proceso productivo.
Marcelo Dias Carcanholo y Paulo Nakatani analizan las consecuencias que se
despenden de este cambio de modelo. En principio se asiste a una dualización en la
economía cubana entre un sector emergente, relativamente independiente de la
planificación centralizada, y el sector estatal tradicional. Al mismo tiempo se desarrolla
un importante mercado negro en la economía cubana. Todo ello genera una
profundización de la estratificación social. En el mismo sentido opera la aceptación de
la existencia de un doble sistema monetario (el dólar, el peso convertible y el peso
cubano) y de la expansión de los mercados privados. No solamente se incrementa la
diferenciación social, sino que se “reinstala en plenitud el dinero con todas sus
funciones, inclusive la posibilidad de ser convertido en capital”.
La preocupación principal de estos dos autores se refiere a la actitud de aquellos
otros autores que defienden la profundización de las relaciones monetario-mercantiles
como manera de superar el atraso en el desarrollo de las fuerzas productivas. Su crítica
tiene tres aristas, les acusa de tener una concepción mecanicista de la historia; de
comportar un idealismo ingenuo al asegurar que “es posible controlar las relaciones
monetario-mercantiles, independientemente de la profundización en las estructuras
sociales, de forma de garantizar una distribución mercantil de los bienes y, por tanto, de
las utilidades y, al mismo tiempo, mantener un control socialista de la distribución.”; y
de presuponer una estrategia política como mínimo optimista “que asegura que ese
mismo control socialista de la distribución conseguirá impedir la transformación de la
masa monetaria acumulada por la profundización de las relaciones mercantiles, en
capital”.158
Armando Chaguaceda analiza la encrucijada actual de Cuba a partir de la
definición que hace de la misma, y que hemos visto anteriormente, y de los problemas
actuales, aportando una serie de soluciones a éstos como veremos a continuación. Para
ello utilizaremos dos trabajos suyos escritos entre 2002 y 2003159.
En el primero de los dos documentos a los que nos estamos refiriendo sintetiza
la situación cubana a principios del siglo XXI como atravesada por tres momentos
transicionales; a un nivel más general estaría un difícil y contradictorio proceso de

transición al socialismo, dentro del cual, a su vez, se estaría asistiendo a la transición de
un modelo a otro de construcción socialista, “donde el primero, marcado fuertemente
por los rasgos de la herencia soviética, se resiste a desaparecer y el segundo, hecho ‘a
mano’ con la fuerza de los tropiezos (insustituible escuela) aún no ha hecho cabalmente
su entrada”; finalmente, la introducción de elementos de capitalismo y conservadurismo
que podrían desembocar en determinadas condiciones en una transición al capitalismo.
En el segundo documento este análisis es matizado, contemplando una
dicotomía de resultados en el actual proceso. El primer par de resultados son vistos con
pesimismo y consisten bien en mantener el actual modelo con retoques cosméticos, bien
en iniciar un tránsito brutal y más o menos ordenado al capitalismo. Pero el autor
propone un modelo diferente de anticapitalismo que manteniendo una eficaz protección
social desarrolle mecanismos democráticos con el objetivo de “evitar el
anquilosamiento dogmático, el desconocimiento del sentir de la población, la lentitud en
la toma de decisiones y el fortalecimiento de una casta todapoderosa capacitada para
transformarse, en el momento propicio, en una nueva burguesía.”
Armando Chaguaceda había analizado anteriormente las condiciones y formas
de una hipotética transición al capitalismo. Para que fuese rápida necesitaría la previa
agresión de Estados Unidos; pero también podría ocurrir un ascenso pacífico de un
gobierno antisocialista y liberal siempre que se cumpliesen un determinado tipo de
condiciones. No obstante considera altamente improbable la repetición de una
revolución de terciopelo en Cuba debido a la presencia de la extrema derecha de Miami
y a las condiciones contenidas en la Ley Helms-Burton. De esta hipotética transición al
capitalismo se derivarían toda una serie de efectos negativos que describe el autor.
Quizá la aportación más sustancial de este autor radique en el análisis que realiza
de las fuerzas y proyectos de la izquierda en Cuba frente a la problemática situación que
atraviesa la revolución. Considera que se pueden diferenciar dos corrientes en la
izquierda, de un lado la que denomina “izquierda épica”, vinculada a la epopeya de los
60 y las misiones internacionalistas de los 70 y 80; de otro lado, las “tendencias
reformistas” estables desde los 80 cuando se hace patente los fallos del “calco del
modelo soviético”. A pesar de las diferencias que separan a ambas corrientes, ambas
son “por esencia, enemigas tanto del grupo burocrático en si como del dogmatismo y
control del pensamiento que éste ostenta” y considera que sería necesaria una alianza
entre ambas, que superando sus respectivas limitaciones, pudiese acabar con el
“ejercicio esclerótico de una burocracia que, dada las experiencias históricas, parece

alejarse paulatinamente de sus originales condicionamientos revolucionarios”; objetivo
que no resulta nada fácil.
En el primero de los documentos de este autor que estamos utilizando se ocupa
de desgranar toda una serie de reformas que considera necesarias para modificar el
modelo de socialismo de Estado imperante en Cuba. No estamos en condiciones de
determinar si este programa de reformas correspondería con algunas de las dos
corrientes que menciona o, si, por el contrario, correspondería a la alianza que preconiza
entre ambas; tampoco conocemos su nivel de viabilidad práctica, sin embargo si
podemos ver en que sentido se mantienen fieles al modelo presente en Cuba o al
ensayado en China. Dos ideas contenidas en el documento nos ilustran sobre su
orientación. La primera se refiere a la opinión sostenida sobre las reformas llevadas a
cabo en China de las que dice, “esa experiencia exitosa bajo las banderas de una vía
ajena al modelo ortodoxo capitalista de desarrollo (probadamente inoperante en la
mayor parte del mundo) como también de los esquemas y recetas del socialismo
tradicional, se convierte en un acicate y estimulo para intentar un camino más racional,
estable y eficiente de construir una futura sociedad.”
La segunda de las ideas se refiere a la forma de presentar las reformas que
propone, con las que quiere contribuir al “perfeccionamiento del proyecto”. Así, las
líneas generales serían: Pasar de una economía estatal y centralizada a una multiforme,
parcialmente descentralizada, privilegiando la planificación indicativa, la autogestión y
el control financiero. Fortalecer las organizaciones de masas y en general toda la
sociedad civil para combatir el burocratismo. Promover el desarrollo de la cultura.
Modernizar el aparato estatal y partidista, promoviendo el debate público, el flujo de
información y el control del poder desde las bases. Sostener una efectiva y racional
práctica del internacionalismo. En resumen, propone este autor, el proyecto socialista
“tiene que buscar la máxima dosis de armonía posible entre el mercado, el Estado y la
sociedad civil.”
La impresión que se tiene es la de que, siguiendo el ejemplo de las reformas
chinas, se propone transformar el sistema económico con la utilización de medidas de
mercado, siendo el resto de las reformas una operación cosmética en la que se expresan
buenos deseos no acompañados de medidas concretas.
Efectivamente, las directrices de la reforma económica son desgranadas con
cierto detalle: Estructuración de una economía moderna, coexistiendo diferentes formas
de propiedad. La propiedad fundamental debe tener carácter social: estatal, participación

accionarial de los trabajadores en las empresas estatales y cooperativas. Las formas
privadas deben tener carácter subordinado y complementario. Los factores y objetivos
sociales y políticos del proyecto tienen incidencia en el desarrollo de la reforma,
condicionando su extensión, ritmo y alcances. Los formuladores de la política
económica cubana deben impedir el establecimiento de una burguesía nacional con
control de los sectores clave de la producción. El papel del Estado debe ser reformado,
pero su papel debe seguir siendo esencial en la economía. La empresa estatal socialista
debe perfeccionarse y ser tan eficiente como las privadas extranjeras. Proceso
progresivo de ampliación de la autonomía de las empresas en su gestión. Poner en
práctica la participación por acciones, especialmente para los empleados de la propia
empresa (para hacerles sentir más incentivados a la productividad). Continuar con la
necesaria inversión extranjera. Necesidad del cuentapropismo. Dejar de considerar el
concepto de riqueza y prosperidad como sinónimo de explotación y restauración
capitalista. Promoción y extensión de las cooperativas al ámbito urbano.
El propio autor denomina a este modelo de reforma de la economía cubana como
“social mixto” frente a las otras dos opciones que ve posibles, la “estatalista
tradicional”; y la “mercantil”, en la que el mercado se extiende a todas las esferas
fundamentales de la sociedad, así como la presencia del capital extranjero, etc.,
pudiendo desembocar esta última opción en una transición capitalista.
En el ámbito de la estructura política también propone reformas cuyo objetivo
fundamental es contrarrestar el burocratismo pero sin alterar la base fundamental en que
se asienta el poder político en Cuba, el monopolio de un PC que además considera que
siga siendo monolítico (prohibición de fracciones o tendencias, aunque debe estimularse
la discusión).
No es el objeto de este trabajo plantear y discutir las distintas posiciones y
concepciones en el campo socialista sobre la democracia; ahora solamente nos vamos a
referir al hecho de que expresar deseos − como hace este autor − sobre la participación
de las masas, el control por las bases de los cargos públicos, la necesidad de una
representación de los trabajadores en los órganos superiores de la dirección política de
la sociedad, tener más en consideración el merito y la capacidad, establecer plazas
rotativas, o estimular el ejercicio de la crítica pública, y no establecer cuales son los
mecanismos institucionales con lo que poner ponerlo en práctica, manteniendo además
una concepción monolítica del poder, nos parece que es, simplemente, hacer un brindis
al sol.

Tal como vimos al analizar la evolución en China y la propia opinión expresada
por el autor a este respecto, la sensación es la de que se desea aplicar unas reformas
económicas como en el país asiático, garantizando la naturaleza socialista del sistema a
través del control político del proceso por una vanguardia socialista, pero − y esto sería
lo novedoso − aprendiendo de la experiencia del socialismo eurosoviético donde
claramente la burocracia encabezó, y se benefició, de la transición al capitalismo; y de
la propia experiencia china actual, donde, como vimos anteriormente, no es difícil
sostener que la transición al capitalismo es ya irreversible. En este sentido, se plantean
una serie de medidas que impidan la traición de la burocracia en un momento
determinado. Si esta interpretación es la correcta, y no se trata de propuestas cosméticas
para hacer más digerible un proceso a la china, creemos que, por lo argumentado
anteriormente, es ciertamente difícil que estas proposiciones puedan alcanzar el objetivo
buscado.
El modelo de socialismo de Estado, tal como lo denomina Armando Chaguaceda
tuvo diferentes vías de implantación en Rusia, los países del este europeo, China,
Vietnam o Cuba. Su desmantelamiento también sigue vías diferentes, el derrumbe en la
URSS y la zona oriental europea, o la transformación vertiginosa en China y Vietnam.
¿Seguirá Cuba alguno de estos dos modelos de desmantelamiento? ¿Transitará otra vía
diferente? o, lo más difícil, ¿Conseguirá superar las dificultades manteniendo un sistema
socialista?.
Otra propuesta que consideramos similar a la de Chaguaceda aunque con
importantes matices es la de Roberto Cobas Avivar. Basamos su similitud en dos
aspectos fundamentales, primero, su énfasis en las reformas económicas que
diversifiquen las formas de propiedad y utilice el mercado para alcanzar una mayor
eficiencia económica; y, segundo, que se alcancen unas mayores cotas de soberanía
ciudadana con la aplicación de diferentes reformas en el funcionamiento del sistema
político cubano, pero sin poner en causa el monopolio del poder político del Partido
Comunista de Cuba. Esta parece ser como en el caso del autor anterior, y no podemos
por menos que evocar el caso chino o vietnamita, lo que consideran la garantía última
del carácter socialista del sistema reformado. Pero, si ya es discutible que el monopolio
político de un Partido Comunista garantice la naturaleza socialista del régimen − e
insistimos en la experiencia china discutida anteriormente − se hace realmente
insostenible con esta premisa conseguir lo que denomina soberanía ciudadana, y, como

en el caso anterior, las propuestas que avanza para conseguirlo suenan huecas y sin
contenido real posible.
El diagnostico de los problemas es como sigue: “La ausencia en el sistema de
planificación y administración centralizada de un mercado autónomo y de las relaciones
monetario mercantiles a él concomitantes imponen una cultura de la producción y del
concepto de la eficiencia socioeconómica inconexos, por la ausencia de un mecanismo
natural e insustituible de verificación y regulación del costo social de la producción y la
gestión empresarial (…) (además) Las relaciones de cooperación con los países ex
socialistas, convertidas en una especie de asistencialismo económico, no permiten que
broten a flor de piel las contradicciones estructurales de la ineficiencia del sistema
económico.”160
Cuba afrontó con éxito la crisis del hundimiento del socialismo eurosoviético,
pero, justamente, tanto la crisis como el proceso de recuperación “ponen de relieve las
acuciantes insuficiencias estructurales del modelo socioeconómico cubano.” Para que el
país consiga pasar a un desarrollo cualitativo superior es necesario una plena
descentralización de las relaciones de producción con la concentración del Estado en “la
conducción y regulación de las políticas macro-económicas”. El objetivo es completar
los niveles alcanzados de salud, educación y seguridad social con una elevación del
nivel de vida material que sigue siendo significativamente bajo, solucionando así
algunos de los problemas económicos que cita, como la industria alimentaria, los “bajos
estándares de confort habitacional” u otros bienes de consumo.
En lo referente al problema económico su solución apunta, como ya lo
indicamos, por una parte, a la utilización del mercado, cuyas erróneas concepciones
considera responsables de la deriva del socialismo real: “El tratamiento asistémico al
problema del mercado y las relaciones monetario-mercantiles afines está en la base del
dogma en torno al cual se desgastaron económica, social y políticamente los modelos
del llamado socialismo real.”161. Y por otra parte, a la diversificación de la estructura de
propiedad, dejando de identificarse el modelo socialista con la exclusiva propiedad
estatal de los medios de producción, cuyo resultado ha sido la verticalización de la
sociedad y la ineficiencia económica.

El problema político lo define Roberto Cobas como “déficit de soberanía
ciudadana en la sociedad cubana”162, y las soluciones que propone para su superación
parten de una premisa inamovible, la conformación de Cuba como un régimen político
monopartidista, lo que justifica con argumentos tan endebles como el que representa un
legado histórico, o que forma parte de la formación política de los cubanos.
Desde luego resulta incoherente esta parte del análisis político cuando de un lado
se señalan claramente algunos de los síntomas más claros de ese déficit de soberanía
ciudadana. En relación con las organizaciones de masas señala el autor que “Las
llamadas organizaciones de masas actualmente instituidas – Comités de Defensa de la
Revolución (CDR), Federación de Mujeres Cubanas (FMC), Sindicato de los
Trabajadores de Cuba (CTC), entre las emblemáticas – funcionan bajo el patrocinio
político del Estado. El grado de su autonomía está condicionado por el principio de la
identificación afirmativa con la línea político-ideológica del partido.”163 En relación con
el monopolio del poder por un grupo reducido de dirigentes, afirma que “el Consejo de
Ministros se caracteriza por la indefinida permanencia de los ejecutivos en el equipo de
gobierno.”164 En relación con la falta de libertad en los medios de comunicación, apunta
que “los problemas y contradicciones del modelo de ciudadanía cubano se tornan
crónicos o difíciles de superar por la mediatización de la comunicación social y su
efecto en el cuestionamiento crítico de la realidad, lo cual se produce no con poco grado
de auto-censura ideológicamente inducida.”165 La crítica se hace extensiva en definitiva
a lo que genéricamente denomina “déficit en materia de derechos ciudadanos”.
Pero, por otro lado, y este es el punto donde naufraga el análisis, dada que las
limitaciones sobre la soberanía ciudadana representan la principal contradicción del
socialismo cubano, el autor considera necesario abordar este problema sobre la base del
régimen monopartidista actual, llegando a afirmar que “la condición del
monopartidismo como principio de la organización política de la sociedad puede sólo
legitimarse dentro de la acepción de la plena autonomía ciudadana”166.
Lo que sería necesario explicar es porque se considera que las erróneas
concepciones sobre el mercado estuvieron en la base del final del socialismo
eurosoviético y no el tipo de sistema político donde el poder político es monopolizado
por un partido único dando lugar al “déficit de soberanía ciudadana”.

Diversos autores han señalado los peligros que para la continuidad de un
proyecto socialista en Cuba pueden representar las reformas puestas en práctica desde la
década de los 90. Claudio Katz reconoce la inevitabilidad de la apertura mercantil y de
las asociaciones con inversores y señala que el peligro en este sentido proviene
sobretodo de las conexiones internacionales de las elites que pueden inclinarse por un
modelo socialdemócrata o uno chino, y recuerda cuales son los dos problemas
principales a los que se refieren los líderes cubanos: el consumismo y la corrupción. Sin
embargo, su propuesta sobre la dirección de los cambios necesarios en Cuba para
mantener el socialismo se aparta de las que hemos visto anteriormente, “conciliar la
defensa de la revolución con debates más abiertos, alineamientos políticos más
diferenciados, libertades sindicales y medios de comunicación modernizados es la gran
asignatura pendiente para una renovación del socialismo en Cuba.”167
Alfredo González Gutiérrez estima que las relaciones mercantiles introducidas
dan lugar a la modificación de cuatro aspectos importantes en relación al modelo
anterior: la tendencia a la acumulación de capital privado, el aumento de las
disparidades de ingresos, el incremento de los fenómenos de corrupción, y la aparición
de alternativas personales al proyecto de mejoramiento colectivo. Hasta los años 80, el
mejoramiento personal de los cubanos estuvo vinculado al proyecto de la revolución;
pero en los años 90 la situación cambia y se abren posibilidades económicas de índole
individual que dan lugar a capas contrarias al socialismo.
Si bien el mercado ha sido introducido tanto en las sociedades china y
vietnamitas como en la cubana, sin embargo la diferencia entre estas experiencias es que
en Cuba se ha optado por limitar las transformaciones económicas para conservar en
mayor grado las características solidarias, en tanto que en los dos países asiáticos se ha
optado por dar prioridad al desarrollo económico. Y así considera que Cuba siguió una
trayectoria propia de adaptación del modelo de socialismo a las nuevas condiciones
creadas en los 90 cuyos principios generales habrían sido: “Hacer todo lo que resultase
necesario en materia de reformas de mercado para lograr la supervivencia del proyecto
social, pero no ir más allá. Asegurar la conservación del poder político y económico en
manos de la vanguardia revolucionaria. No realizar cambios que pudieran tener un
carácter irreversible. Ir estableciendo sobre la práctica las compensaciones, límites y
restricciones a las medidas; acotándolas para minimizar sus consecuencias no deseables.
Avanzar a partir de transformaciones bien delimitadas, así como por medio del análisis

caso a caso en la implementación de las medidas. Asumir como permanente aquello que
redunde en un incremento de la eficiencia, y como temporal, todo lo que implique un
retroceso en los objetivos sociales. Priorizar lo político sobre lo económico, por ser la
contradicción principal en la actual coyuntura. Privilegiar lo social en su correlación con
lo económico, como expresión de los objetivos últimos de la nueva sociedad.” 168
Otro autor que alerta sobre los impactos negativos que para el proyecto socialista
cubano tiene el derrumbe del socialismo eurosoviético y las medidas que se
implementaron en Cuba para hacer frente a dicha situación de emergencia es Fernando
Martínez Heredia. En primer término se refiere al aumento de las desigualdades sociales
tanto en la distribución de la riqueza como en las oportunidades, desigualdad que se
hace más irritante en cuanto aparece vinculada a la puesta en circulación de la doble
moneda. En segundo lugar llama la atención sobre el aumento del alejamiento de lo
político en una población que tiene una alta cultura política, “el auge de la atención a lo
privado coincide con un aumento del peso de la sensibilidad, los pensamientos y las
conductas de tipo tradicional. En 1994 señalé que una ola conservadora se extendía
entre nosotros; hoy no me parece posible variar esa afirmación.”169 El tercer aspecto que
resalta es el crecimiento importante y sostenido de la religiosidad y de las religiones en
Cuba en la última década. Por último, señala la situación actual del marxismo
−entendido según él mismo dice como un cuerpo teórico de pensamiento, a la vez que
una ideología teorizada− a partir primero del efecto funesto del predominio del
marxismo soviético y luego del derrumbe del socialismo eurosoviético, que provocó un
abandono de la ideología del “marxismo-leninismo” sin que se produjese “un debate
abierto nacional que motivara una renovación del interés sobre bases nuevas que
ayudaran a la recuperación del marxismo, y que franqueara un período de transición
eficaz para un nuevo florecimiento ideológico y teórico.”170
En Cuba parecen presentarse, pues, los mismos desafíos teóricos a resolver,
aunque en un diferente estadio de planteamiento, que se presentaron al socialismo
eurosoviético colapsado o a la vía china (y vietnamita) en un proceso mucho más
avanzado de introducción de relaciones mercantiles; de un lado, encontrar la
articulación económica que consiguiendo un alto nivel de justicia social produzca un
elevado nivel de eficiencia (lo que no significa consumismo o derroche), y de otro la

estructura sociopolítica que promueva ciudadanos que, además de emancipados
económicamente, sean participativos y responsables directos de su propio futuro.
Jesús Sánchez

 

CITAS

134 Dias Carcanholo, Marcelo y Nakatani, Paulo, Cuba: ¿socialismo de mercado o planificación socialista?,
http://www.herramienta.com.ar/modules.php?op=modload&name=News&file=article&sid=256. , pág. 1
135 Figueroa Albelo, V.M. y otros (2006), op. cit., págs. 117-135
Las experiencias históricas de transición al socialismo

136 Ramonet, Ignacio, Fidel Castro, biografía a dos voces, Debate, Barcelona, 2006, págs. 616-7
Jesús Sánchez Rodríguez

137 Figueroa Albelo, V.M. y otros (2006), op. cit., págs. 192-94
138 González, Mike, Cuba: ¿Adónde fue la revolución?, Socialismo Internacional, págs. 1-17
Las experiencias históricas de transición al socialismo

 

139 Molina, Eduardo, Cuba en la encrucijada, Estrategia Internacional Nº 20, septiembre 2003, págs. 3-4
140 Berásteguí, Rafael, La Cuba de Fidel: algunas claves de interpretación. Estudios Públicos, 52 (Primavera 1993).
http://www.cepchile.cl/dms/archivo_1249_1353/rev52_berastegui.pdf. Págs. 310-12
Las experiencias históricas de transición al socialismo
141 Figueroa Albelo, V.M. y otros (2006), op. cit., pág. 123

142 Borrego, Orlando, Che, el camino del fuego, Ediciones Imagen contemporánea, La Habana, 2001, pág. 6

143 Massari, Roberto, op. cit., pág. 53

144 Ibídem, pág. 59
145 Martínez Heredia, Fernando, El corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001, págs. 25-7

146 Chaguaceda, Armando, Cuba, el proyecto y las izquierdas,
http://biblioteca.filosofia.cu/php/export.php?format=htm&id=43&view=1. págs. 2-4

147 Dias Carcanholo, Marcelo y Nakatani, Paulo, op. cit. pág. 3
148 Figueroa Albelo, V.M. y otros (2006), op. cit.,, pág. 139
149 Ibídem, pág. 139
150 Martínez, Osvaldo, Cuba y la globalización de la economía mundial, intervención en el Seminario de globalización de la
economía mundial, 30 de abril de 1997. http://www.redem.buap.mx/acrobat/martinez1.pdf.
151 Dias Carcanholo, Marcelo y Nakatani, Paulo, op. cit. pág. 2,3, 9 y 10.
152 Ibídem, pág. 2
153 Figueroa Albelo, V.M. y otros (2006), op. cit., pág. 141
154 Ibídem, pág. 142

155 Ibídem, pág. 142
156 González Arencibia, M., op. cit., pág. 50
157 Ibídem, pág. 52
Jesús Sánchez Rodríguez
113
158 Dias Carcanholo, Marcelo y Nakatani, Paulo, op. cit. pág. 8
159 Chaguaceda Noriega, Armando, Cuba: “Transición democrática” o renovación socialista. Proyectos y alternativas para un siglo
que comienza (enero 2002 – febrero 2003); y, Cuba, el proyecto y las izquierdas (noviembre 2003).

160 Cobas Avivar, Roberto, Cuba el desafío de la alternativa. Hacia la negación o en pos de su viabilidad. Una incursión alrededor de
las claves., pág. 15
161 Ibídem, pág. 27.
Jesús Sánchez Rodríguez

162 Ibídem, pág. 64.
163 Ibídem, págs. 47-8.
164 Ibídem, pág. 48.
165 Ibídem, pág. 53.
166 Ibídem, pág. 64.

167 Katz, Claudio, Socialismo o neodesarrollismo, pág. 9, http://www.rebelión.org , 01-12-2006

168 González Gutiérrez, Alfredo, op. cit., págs. 13-4 y 19
169 Martínez Heredia, , op. cit. págs. 54-55
170 Ibídem, pág. 102

 

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